• Por Antonio Méndez

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Steven Wilson colaboró con Alan Parsons en la producción de su tercer disco acreditado como solista al margen de sus múltiples proyectos paralelos (Porcupine Tree, Blackfield…).

El disco, que cuenta también con arreglos de cuerdas de Dave Stewart (conocido por su etapa con Eurythmics), pretende ser un álbum de rock progresivo estilo finales de los 60 y comienzos de los 70 con ecos de Pink Floyd, King Crimson, ELP, Yes, Camel, Jethro Tull, los Genesis de Peter Gabriel, Rush… Aunque muestra virtuosismo instrumental, el álbum no tiene interés en sus textos, en sus historias (todas moviéndose de forma vaga en un plano romanticismo gótico lejos de las mejores narraciones de su posible inspiración, Edgar Allan Poe, sobre memoria nostálgica, recuerdo del amor perdido, psicopatía, soledad, apariciones fantasmales…) ni entusiasma melódicamente ni en sus estructuras. Sus canciones no trascienden, parte de sus tramos son aburridos y palidece ante las obras (incluso menores) de sus maestros.

“Luminol”, canción centrada en la rutinaria vida de un solitario músico ambulante, es una apertura prog rock con trazos funk en mezclas rítmicas-melódicas sin repercusión más allá de mostrar la profesionalidad de sus músicos.

steven-wilson-criticas-discos“Drive Home” es una pieza más lograda con un agradable tono escapista, ensoñador, fantasioso, de evocativa guitarra y dulces voces con base folk rock en un cruce entre King Crimson y Camel.

Tampoco es despreciable “The Holy Drinker”, presunta sátira de la hipocresía del fanático religioso en un encuentro con el diablo a lo Fausto de Goethe. El estilo, con un enfoque más oscuro que el corte previo, es jazz rock y contiene, con resonancias de Keith Emerson, la usual alternancia entre plácidos sonidos acústicos y estadillos eléctricos.

Folk psicodélico a lo Led Zeppelin en “The Pin Drop”, obsesión amorosa-criminal con un hombre que echa de menos a su mujer (puede que asesinada por el propio hombre). No está mal esta balada con suficiente hondura emocional.

Jakko Jakszyc aporta voces en las armonías de “The Watchmaker”, historia lírica de un relojero con juegos vocales finales sunshine pop y una base prog rock folk a lo Camel con influencia también de los primeros Genesis.

El disco, en clara conexión con Poe (“El Cuervo”), termina con la pieza homónima “The Raven That Refused To Sing”, nostalgia sinfónica y melancólica con piano dramático y violines. Corte lento escuchable pero sin la repercusión sentimental que pretende su respetable autor.