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Estamos en París, la adinerada ex diva operística Madame Adelaida dicta su testamento al abogado George Hautecourt. Su mayordomo Edgar, que pretendía hacerse con todos sus bienes, escucha estupefacto que los mismos van a ser legados a sus mimados gatos. Hasta que los mininos no desaparezcan, el dinero y las posesiones no acabarán en las manos del ambicioso sirviente. Para ello, los abandonará en la campiña gala, en donde conocerán a un embelesador gato callejero llamado Thomas O'Malley.
El contínuo aprendizaje, la solidaridad o el valor de la familia y la compañía son algunos puntos básicos de esta narración, plagada de divertidas situaciones y personajes que enriquecen la trama con su presencia; así tenemos al fraterno ratón Roquefort, a las parlanchinas gansas Locuaz y su borrachín tío Waldo, la cosmopolita banda del Gato Jazz o la hilarante pareja de perros expertos en locomoción Napoleón y Lafayette, que proporcionan los minutos más cómicos de la película. El malévolo pero simplón Edgar, no pasará a la historia como uno de los mejores villanos que ha ideado la casa, pero despliega buenos momentos de humor, como cuando quiere recuperar su bombín y el paraguas a los graciosos canes, en una de las mejores situaciones de un film de animación muy recomendable para toda la familia.
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