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Trío excepcional de estrellas para este drama familiar en el cual lo más destacable es el espléndido retrato de sus principales caracteres y los conflictos entre los mismos, que van confeccionando la extensa trama de disputas familiares y generacionales, amores improbables y diatribas antiracistas.
El productor y director George Stevens es el encargado de realizar esta epopeya sureña llena de ambiciones, arrogancia, odio, afecto y orgullo, con personajes racistas, conservadores y clasistas, contrapuestos con mentalidades más abiertas y modernas, comprensivas y altruistas, en una definición psicológica ciertamente admirable.
La película, muy extensa y con un gran empleo de los escenarios naturales como catalizador tonal, mantiene un ritmo adecuado en sus dos primeras horas acelerando los hechos de manera desenfrenada a partir de su segunda hora, sin permitir el adecuado acomodo emocional en la simplificación escénica, hasta la llegada de un clímax vigoroso y de gran pujanza dramática.
La trivialidad de algunos planteamientos no oscurecen el mensaje antiracista y anticlasista que desprende el film, añadido a las acciones confrontadas y derivadas de la actitud conjunta de unos variopintos caracteres interpretados de manera muy efectiva por todo el plantel actoral, en especial un excelente James Dean, quien compone magistralmente su habitual personaje huraño, misántropo y sensible.
A su lado, una actriz que pronto se convertiría en un pequeño sex symbol, Carrol Baker (interpretando a la hija menor de Liz Taylor, cuando en realidad era un año mayor que su "madre") y dos nombres de su misma generación con aura de rebeldía, Dennis Hopper y Sal Mineo, ambos reflejados en el talento de Dean, quien fallecería poco después de concluir esta película debido a un fatal accidente de tráfico, convirtiéndose en uno de los grandes mitos del cine.
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