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Una cruda y hasta virulenta mirada al éxodo rural de los años 50 es la que establece su director en este relato que muestra las vivencias de una familia de campesinos en un valioso ejemplo de neorrealismo a la española. La película, planteada de forma coral, examina profundamente el enorme trasvase de población sufrido en ese período del campo a la urbe con sus consecuentes problemas: el hacinamiento en barriadas o la dificultad de adaptación a un nuevo puesto laboral y a la propia vida urbana. Todas las esperanzas que en el camino se han hecho colisionan fuertemente con la brusca realidad, una realidad social repleta de vividores y manipuladores, egoísmos en busca de placer y dinero que obstaculizan la contínua lucha que se establece no ya por un futuro mejor, sino por el más simple instinto animal de supervivencia.
Un film valiente que topó con varios problemas con la censura, a pesar de ser declarado de interés general (con ese rango conseguía una subvención del 50% de su coste) que es narrado con sensibilidad y talento por Nieves Conde.
Grandes interpretaciones para una obra maestra que supone todo un estupendo tratado sociológico y económico de la época.
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José Antonio Nieves Conde

    
El cine que se puede encontrar en la triste y abandonada posguerra,
corresponde, en su gran mayoría, a una raquítica industria, impulsada
desde el régimen franquista, y encaminada a entretener el hambre y la
miseria del pueblo llano.
Entre falangistas heroicos y folclóricas intachables, muy pocas serán
las películas que nos ayuden a comprender lo que supuso la realidad
nacional en los años del racionamiento y el estraperlo.
No obstante, lo
poco que encontremos, habremos de depurarlo de entre desenfadadas
comedias o edificantes ejemplos morales, argucias necesarias para que la
película fuera aceptada por la censura.
Nieves Conde, opta por esta última solución para “colar” uno de los
relatos más duros que ha producido el cine en este país, más aun,
teniendo en cuenta la época en la que fue realizado.
Dentro de un estilo formal, que podríamos equiparar al neorrealismo
italiano (pero sin contar con ninguna libertad de expresión), y huyendo,
como se hace patente en diversas escenas del filme, del cine escapista
que imperaba en Hollywood, “Surcos” cuenta la historia, mil veces
repetida en la realidad, de una familia de campesinos humildes que,
huyendo de la pobreza rural, llega una gran ciudad, atraídos por la
deslumbrante ilusión de la industrialización capitalista.
Las inevitables concesiones a la moral del nacional-catolicismo (muerte
del delincuente, arrepentimiento de la incipiente entretenida, o la
peculiar afirmación de la autoridad paterna), poco empañan la crudeza
con la que el magnífico reparto de personajes dibujan la precariedad, la
incultura, o la falta de escrúpulos, a la que se verá abocado un país
entero durante décadas, para poder, simplemente, comer.
Ángel Lapresta
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José Antonio Nieves Conde
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