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Lo que siento cuando veo “Muerte en Venecia” o lo que veo cuando siento “Muerte en Venecia”:
Que la belleza es agresiva y destructiva, porque avanza pisoteando a las personas y a las cosas, y deja tras de sí a lo que no es bello o a lo que es patético porque ha dejado de serlo. Lo bello es y no permanece: ofende a lo que no tiene la suerte de serlo y lo insulta, juega con ello en posición de superioridad, imponiendo sus normas.
El arte es modificado, esculpido, mejorado y destrozado por el humano. El artista crea arte a través de la belleza: la percibe y conecta con ella pero, al parecer, nunca podrá alcanzarla.
Tadzio avanza mar adentro y en la orilla queda Gustav, anhelando, desdeando aquello que no puede dejar de observar, porque lo ama siendo como es: tan perfecto, tan hermoso y tan opuesto a él.
Y Venecia se pudre.
Gustav se muere: es el artista que ha sido vencido por el tiempo y que ya no es más que un despojo, porque su reloj de arena ha comenzado ha vaciar su mitad superior.
Huele mal en Venecia. Huele a descomposición y a peste, a una sociedad decadente que continúa, pese a todo, festejando su superioridad y su riqueza... aunque ya no sea hermosa ni artística, aunque sólo sea el reflejo de la muerte, en Venecia. Villarquide
© Aloha Criticón. Todos los derechos reservados.
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