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La última película que rodó Max Ophuls en Hollywood, (la mejor, aquella excelsa producción de John Houseman llamada “Carta a una desconocida”) fue este “Almas desnudas”, un magnífico thriller y/o drama psicológico con protagonismo principal de una mujer sufridora, hecho bastante habitual y casi norma en la mayoría de los trabajos dirigidos por el autor alemán, quien adaptaba una historia ideada por la escritora Elisabeth Sanxay Holding.
La película, abordando asuntos temáticos como el destino, la ausencia y la situación familiar, descansa el suspense en el desasosiego a que se ve sometida el personaje interpretado por Joan Bennett, quien demuestra que tanto puede incorporar de manera efectiva el papel de una femme fatale como de responsable madre de una familia de clase media.
Elegantemente puesta en escena por Ophuls, quien emplea sus característicos tenues movimientos de cámara para seguir a sus personajes, “Almas desnudas” establece un retrato psicológico muy acertado, una intriga con suficiente tensión y una interesante visión de la familia desmembrada en una época post-bélica desde el enfoque de una preocupada madraza.
Con una acetrinada fotografía en blanco y negro de Burnett Guffey, que acrecienta la atmósfera de desasosiego y el sentimiento de dramatismo, y estupendas interpretaciones de la pareja Joan Bennett y James Mason, el film afloja en la rápida implicación sentimental del dúo principal, clave para la determinación de este film negro, que resulta un tanto predecible en su aspecto más melodramático a pesar de contener varias escenas de sugestiva efusión emocional.
Un año después y ya abandonando sus inolvidables papeles de mujer fatal con Fritz Lang, Joan proseguiría con su imagen maternal en “El padre de la novia” de Vincente Minnelli.
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Max Ophuls
Joan Bennett
James Mason

Quitando el prólogo, donde Ophüls nos muestra a una Joan Bennet como el
centro de una familia de clase media, agobiada por las facturas y la
educación de sus hijos, la cinta tiene dos partes claramente diferenciadas:
una primera donde aparece un ambigüo James Mason,en principio amenazante,
con traje oscuro y muy seguro de si mismo. El director nos lo presenta
dentro de la casa, con los miembros de la familia alrededor de tal forma que
la presión delictiva que ejerce Mason sobre Joan Bennet se situa al mismo
nivel que la que puedan ejercer el suegro o la hija en la vida cotidiana.
Pero es que el propio Ophüls, y a esto se debe en gran parte el atractivo de
la cinta, no deja de perseguirla con la cámara, consiguiendo así aumentar la
sensación de estrés. Su estilo personal, siempre acompañado de largos
planos, de travellings con objetos difuminados en primer plano, o su
obsesión por la escaleras, multiplica la ansiedad de la heroína (y la del
espectador) hasta niveles casi intolerables.
A partir de una llamada telefónica del chantajista - magistral primer plano
de James Mason- la situación cambia radicalmente. El delincuente se siente
atraido por su victima y se enfrenta a su socio para liberar al ama de casa
y de paso redimir sus pecados. La película sorprende con el acuerdo a que
llegan Mason y la Benett, de no admitir la culpa y dejar que la policia
detenga a un tercero. Este golpe de efecto del guión se considera más que
audaz en aquellos años donde imperaba un estricto código moralista en
Hollywood. Sin embargo las cosas no resultan tan sencillas y la situación
cambia de nuevo cuando la policia suelta al inocente y el socio de Mason
decide actuar. Este ir y venir del guión refleja una posible tensión entre
Ophüls y los productores, aunque finalmente el genial director alemán se
lleva el gato al agua y consigue un falso "happy end" (¡bendita ambigüedad!)
donde el culpable se "va de rositas" y no rinde cuentas a la sociedad.
Sin lugar a dudas una obra maestra.
Ethan
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