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Nueva entrega del prolífico e irregular Robert Altman, el realizador de Kansas que ha cruzado el charco para ofrecernos su usual retrato coral de carga ácida, centrado aquí en un universo alejado de sus pretéritas y naturales propuestas. El film es una aceptable mezcolanza entre "La regla del juego" del maestro francés Jean Renoir, la televisiva serie británica "Arriba y Abajo" y el whodunit clásico de las novelas de intriga de Agatha Christie que contiene las pautas clásicas de Altman, una diatriba social de estructura coral narrada con talento y fluidez, buena puesta en escena, utilización de diálogos superpuestos y excelente direccion de actores.
Sin embargo, la película es una cáustica instantánea sobre la lucha y diferencia de clases con escaso desarrollo en sus caracteres y con una trama de exigua garra, centrada más en la interacción puntual de los personajes que en su progresión, lo que puede entibiar el conjunto de la obra. Además, la sátira no evita la obviedad, como es la definición fácil de las manidas y maniqueas características psicológicas y costumbristas de las diferentes clases sociales.
Los amantes de las constantes autorales de Robert Altman se lo pasarán en grande, los demás depende de su grado de conexión con personajes e historia.
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Trent Ford

El argumento de la película, cuyo guión es obra de Julian Fellowes, gira en torno a
las relaciones que se establecen entre un grupo de aristócratas ingleses de principios del
siglo XX, cuando uno de ellos les invita a pasar un fin de semana de caza en su casa,
Godsford park, imagen modélica de las viejas tradiciones inglesas. Este tema, desarrollado
ya en el cine por cineastas tan magistrales como Jean Renoir, sirve, de nuevo, para
mostrar al espectador la rígida y decadente vida de la sociedad posvictoriana; aquella
que, lejos ya del esplendor imperialista del Imperio Británico, aun conserva los rasgos
tradicionales de una clase social poderosa que se niega a abandonar su condición de
protagonista en la sociedad inglesa. Sin duda alguna, esta moral de la grandiosidad y la
apariencia supone una metáfora de la decadencia política del Imperio Británico tras la
Primera Guerra Mundial, cuando su condición de primera potencia mundial dejo paso a
una paulatina pérdida de influencia dentro de las relaciones internacionales, suplantad
por su hijo menor, los Estados Unidos.
Pero nuestro análisis del film no puede reducirse a un estudio histórico de la época
en la cual se ubica la trama. Centrándonos en el desarrollo de la película podemos apreciar
como el director pretende hacer de este idílico escenario (una Inglaterra lluviosa y
campestre) todo un alarde de irónica reflexión sobre las debilidades y abusos del carácter
de sus personajes. Y es precisamente en el análisis de los personajes en los que se
centra la mirada del director, pues dos de ellos son los que nos explican las dos actitudes
que tiene Altman a la hora de entender la nueva sociedad que nació tras el desastre de la
Gran Guerra. Por un lado la vieja aspiración aristocrática del Imperio Británico, representada
por el dueño y patriarca familiar; y, por otro lado, el nuevo ideal triunfalista del
capitalismo estadounidense, encarnado por el excéntrico director de cine.
Hasta aquí, las virtudes del film son más bien literarias, y se deben a un excelente
guión que pretende ahondar en cada una de las miradas que se entrecruzan en la casa y,
al mismo tiempo, mostrar toda una galería de caracteres y sentimientos que elevan sobremanera
la categoría de esta gran película, donde el entretenimiento se debe a dos
grandes hallazgos: la fina ironía que esconde cada réplica del guión y, por supuesto, a la
maestría de Altman. Y, ¿cuál es esta maestría? Pues bien, desde mi humilde punto de
vista, la película debe toda su gracia y fuerza creativas a la esmerada puesta en escena
de Altman, con ese estilo inconfundible del que más tarde hablaré; pero, también, a una
decisión del director: la de mostrar los entresijos del servicio, de los que viven abajo,
centrándose en los sentimientos encontrados de esas personas que hipotecan su existencia
y sus ilusiones para servir a unos dueños, en la mayoría de los casos, mezquinos y
ridículos. El asesinato, necesario, aparece como un catalizador, una desgarrada muestra
de que el mundo que presenta el director esta pervertido, de ,as diferencias que existen
entre condiciones sociales separadas por una malla de tradiciones ancestrales centradas
en dividir aun más las vidas de unas personas tremendamente similares. Lo que de verdad
importa no es la resolución del crimen, una mera excusa narrativa en el desarrollo
de la película que sirve, entre otras cosas, para dar entrada a un delirante inspector de
policía, sino las vidas de los personajes. El final, tremendamente explícito, significa un
alivio para los personajes, que al fin se han enfrentado con un pasado sumiso y han podido
desembarazarse de sus miedos y obsesiones. Es por esta razón que todos quieren
alejarse de la casa, un marco que simboliza su decadencia, como si no fueran lo suficientemente
valientes como para afrontar sus propias limitaciones.
Altman se interesa por grupos humanos que se toman así mismo demasiado en serio,
y es precisamente de esta grandilocuencia de la que Altman extrae su fina ironía, transformado
todas sus películas importantes en disecciones sobre la sociedad contemporánea.
Los grandes ideales son los causantes de una actitud hipócrita y soberbia, dos actitudes
que son las responsables de crear un mundo basado en las apariencias, una especie
de vida ficticia que carece de verdad. Si analizamos los ejemplos más brillantes de la
filmografía de este gran director, descubrimos que, en efecto, responden a esta actitud;
tanto en "M. A. S. H.", "El juego de Hollywood" o en "Vidas cruzadas" se repite este esquema.
Ahora bien, lo que verdaderamente aparece como original en su cine en su preocupación
por la veracidad, de tal manera que sus películas se convierten en documentales sobre la
psicología y los temores de la sociedad actual. Lo que les convierte en películas de ficción
es su mirada cínica e irónica. Victor Rivas Morente victor.rivas@lycos.es
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