Una de las películas más populares de la impresionante carrera del maestro británico y aunque, excepcional en su aviesa concepción, resulta inferior a sus mejores obras, tipo "La sombra de una duda", "Extraños en un tren" o "Psicosis".
El film, basado en un relato de la escritora Daphne du Maurier, acierta en las escenas de ataque de los pájaros (especialmente en la presentación de los mismos), en la capacidad para subvertir la realidad monótona de una pequeña villa y en algunos momentos de gran tensión emocional, pero yerra en la subtrama de carga psicológica que desarrolla con la interacción de sus personajes principales (una rica mimada acostumbrada a realizar todos sus deseos, una madre posesiva y obsesionada con la figura de su marido ausente o una maestra derrotada en el amor y sacrificada por ese afecto), principalmente por alguna flaquedad del guión de Evan Hunter y no por la extraordinaria mirada fílmica de Alfred Hitchcock.
Además de las elaboradas escenas de acometidas de los cuervos y gaviotas, lo más destacable de la película es el juego sibilino (siempre huyendo de la cotidianeidad del mundo ordinario) formulado por Hitchcock de intercambiar papeles entre el pájaro enjaulado y el ser humano, del sometimiento animal.
También notoria y efectiva es la espectacular utilización de los efectos sonoros de movimientos de alas y graznidos de pájaros coordinados por Bernard Herrmann, en un film carente totalmente de música.
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Alfred Hitchcock

Una historia, en la que utiliza a los pájaros como protagonistas,
cargados de un tan evidente, como confuso contenido simbólico. Aunque no
hay que olvidar, que no es la primera vez que se sirve de la imagen de
las aves (Sabotaje, Psicosis) como augurio de la desgracia y la mala suerte.
Esta película, junto con “Psicosis”, se puede encuadrar en el género del
más puro terror, estilo, por otra parte, poco frecuentado por el
director británico.
Pero, esta vez, a diferencia de su anterior trabajo,
el miedo vendrá del exterior. Miedo a lo desconocido, a lo
incontrolable: al caos.
Las increíbles reacciones de los pájaros constituyen un vapuleo al
control de lo cotidiano, a manos de lo insólito.
La alteración
imprevista del orden natural, pone de relieve la ridícula imagen que el
hombre se otorga a sí mismo; pretendiendo ser el dueño de la realidad,
se encuentra ahora abandonado en su propio desconcierto, sin esquemas y
sin cómodas normas por las que regirse.
El eterno tema hitchcockniano
llevado al extremo: el individuo zarandeado por el azar.
La ambigüedad del filme se abre a cualquier especulación, pues la
arbitrariedad de los acontecimientos es total. Todas explicaciones
racionales que intentan mantener las pautas de la lógica, son
ridiculizadas por el director en la escena del bar de Bahía Bodega, con
la extraña ornitóloga, como árbitro de la ciencia. Nadie puede explicar
lo que sucede, ni los personajes, ni el espectador.
Para recalcar que el caos puede subyacer en lo más elemental, Hitchcock,
hace protagonistas de la catástrofe, no a animales extraños y
desconocidos, sino a los habituales del lugar: gaviotas, cuervos o
gorriones. Los únicos pájaros exóticos que aparecen en la pantalla, los
periquitos que han de servir de regalo, serán los únicos pacíficos; y
serán los que, al final, sean llevados consigo en una huida llena de
suspense e incertidumbre.
Estas aves diferentes (en inglés, love-birds) ¿representarán la
esperanza de cambio, o por el contrario, la translación del mal adonde
quiera que vayan?. No en vano, en el film no aparece la palabra “the
end”, sin duda, con toda malsana intención.
Acaso cabría interpretar, que para los personajes, los pájaros son el
desastre, el caos; para Hitchcock, son solamente la representación de
los propios temores del hombre abandonado al azar, a la precariedad de
su capacidad para controlar la vida …, a la muerte. Los pájaros no
existen, son nuestros miedos.
Angel Lapresta
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