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Excelente película de Jean-Luc Godard que se aleja de algunos de sus
trabajos previos mas conocidos como "Al final de la escapada" (1959)
o "Vivir su vida" (1962). La trama de la película, con guión del
propio Godard, esta basada en la novela "El desprecio" (1954), de
Alberto Moravia, en la que el escritor italiano realiza una reflexión
psicológica en torno a la crisis matrimonial característica de su obra
y presente en otras de sus novelas del mimo periodo como "El amor
conyugal" (1949).
La adaptación de Godard se fundamenta sobre dos grandes pilares
narrativos interrelacionados. Por un lado, la crisis matrimonial de la
pareja de recién casados, Paul (Michel Piccoli) y Camille (Brigitte
Bardot), que comienza cuando Paul decide aceptar la oferta de un
productor americano, Jeremy Prokosch (Jack Palance), para realizar el
guión de una gran producción sobre La Odisea de Homero. A partir de
ese momento, la pareja se ve obligada a gestionar su relación en ese
nuevo contexto con el pretencioso Prokosch y su secretaria, Francesca
Vanini (Giorgia Moll). Por otro lado, se plantea la cuestión del
conflicto artístico de Paul, quién deja de lado su vocación literaria
como dramaturgo aceptando la oferta del guión por los ingresos que
supone, y se ve envuelto en el conflicto que surge entre la
interpretación comercial que el productor americano pretende realizar
de la obra de Homero y la profunda reflexión existencial que el
director alemán, Fritz Lang, aspira a realizar de La Odisea.
En este doble contexto, la película muestra la transformación que se
produce en el sentimiento de Camille hacia Paul que evoluciona del
amor, subrayado al principio de la historia en la escena de intimidad
conyugal que abre la película, a la indeferencia primero, el cese del
amor después, y finalmente al desprecio. Esa evolución de los
sentimientos de Camille hacia su esposo y la búsqueda del motivo de
ese desprecio por parte de Paul determinan la evolución narrativa de
la obra. Desde el punto de vista de su estructura formal, la película
se divide en grandes bloques que parecen imitar la estructura de una
tragedia clásica en tres actos. Una primera parte que se desarrolla en
Cinecittà marcada por la aceptación, tras un segundo de duda, por
parte de Paul de la oferta para realizar el guión. Una segunda parte,
en casa de Paul y Camille, en la se escenifica el desencuentro entre
ambos. Y finalmente, el desenlace en Capri a donde la pareja acude a
presenciar la realización de parte de la adaptación de La Odisea en
villa del productor.
Desde el punto de vista sustancial, la adaptación que Godard hace de
la novela de Moravia parece proyectarse tanto hacia un plano de
reflexión filosófica como hacia una reflexión de la propia experiencia
personal. A nivel filosófico, los personajes de Paul, Camille y
Prokosch en la película evocan a los de Ulises, Penélope y Poseidón en
La Odisea y la reflexión profunda en torno a los temas de la obra
épica de Homero, el amor conyugal y la historia del héroe griego y sus
circunstancias frente al mundo. A nivel personal, la reflexión en
torno a la conexión entre la realización de la obra cinematográfica y
la propia vivencia evoca la propia experiencia artística y personal de
Godard (Paul), su relación sentimental con la también actriz, Anna
Karina (Camille), y el productor americano de la película (Joseph E.
Levine).
Respecto a las interpretaciones, cabe destacar a Michel Piccoli quién
realiza una muy buena interpretación en un complejo papel como
escritor con aspiraciones literarias y en conflicto consigo mismo
frente a la interpretación comercial de la obra de Homero que se ve
forzado a escribir por dinero, y también en la interpretación de la
figura del marido que experimenta el rechazo progresivo por parte de
su esposa hasta el desprecio y el abandono con trágico final. Brigitte
Bardot también realiza una buena interpretación en uno de sus papeles
más serios y en el que además se muestran varias escenas de desnudez
en gran medida por exigencias comerciales. En general, desde la escena
inicial de intimidad conyugal entre ambos, el espectador se siente
identificado con la historia de Camille y Paul a pesar de su
complejidad y anhela en cierto sentido que la ruptura entre ambos no
se produzca lo que refuerza la intensidad de la historia. Mención
especial merece la presencia en la película de Fritz Lang quién se
interpreta a si mismo en el papel más coherente de la película, en un
merecido homenaje a la figura de uno de los grandes directores de la
historia del cine. Godard tiene un par de breves apariciones como
ayudante de dirección de Lang, subrayando así su homenaje personal al
director alemán, aunque quizás se echa de menos que Lang no tenga un
papel todavía más relevante en la historia.
Otro de los aspectos destacables de la película es la fotografía de
Raoul Coutard, una de las grandes referencias de la historia del cine
francés, quién ya había colaborado con Godard en películas anteriores,
y cuyo trabajo gana protagonismo en esta película, en la que además
tiene una breve aparición personal al principio. El colorido destaca a
lo largo de toda la película y especialmente en las partes rodadas en
Cinecittà y también en Capri con el mediterráneo como telón de fondo.
Finalmente merece la pena mencionar la música de Georges Delerue,
quién ya había realizado por ejemplo el año anterior la música
para "Jules et Jim" (1962) de François Truffaut, y cuyo tema en esta
película de Godard fue recordado por Martin Scorsese en "Casino"
(1995). Por lo demás, en un rasgo característico de la cinematografía
de Godard en general, la película contiene múltiples referencias
cinematográficas y literarias destacable con menciones explícitas
entre otros a Bazin, Lumière, Brecht, Dante o Hölderlin.
En definitiva, "El desprecio" es, además de una brillante adaptación
de la novela de Alberto Moravia en el desarrollo de su reflexión
psicológica sobre una crisis matrimonial, una de las mejores películas
de Jean-Luc Godard, y una de las más destacadas reflexiones filmadas
sobre la experiencia personal del artista frente a la realización de
la obra cinematográfica.
Tomás Soria
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En plena moda del cine pretendidamente culto, Godard logra excelentes
recaudaciones de taquilla con sus obras precedentes, –caso insólito en
cualquier otra época–, lo que parece convencer a la industria, para
poner a su disposición mayores medios.
Así, en “El desprecio” puede contar con la presencia de Brigitte Bardot,
Michel Piccoli o el hollywoodiense Jack Palance, además de la
interesante, aunque anecdótica, aparición de Fritz Lang, a modo de
sentido homenaje.
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El argumento, basado en la novela homónima de Alberto Moravia, narra la
fugaz relación de un matrimonio, recién casados y en pleno auge amoroso,
para pasar por un paulatino desencanto, y llegar al frío desprecio.
Pero para Godard, esta historia no resulta más que una excusa para
reflexionar sobre la ética de la creación, para homenajear a su maestro
Lang, y sobretodo para experimentar haciendo cine.
Paul (Michel Piccoli), es un escritor con una seria concepción de la
literatura. El ofrecimiento para hacer un guión sobre la Odisea, le
reportará una sustancial mejora económica, con la que tratará de
satisfacer a su mujer Camille (Brigitte Bardot).
Las pretensiones comerciales del productor, y la ética del escritor
desencadenarán el gran conflicto entre el arte y su comercialidad.
Pero Godard, sobretodo, aprovecha los recursos, más esplendidos ahora,
para hacer lo que más le caracteriza: experimentar con el cine. Aquí,
alejándose de sus anteriores filmes, huye de la cotidianeidad, y se
recrea en la estética de manera, quizás, excesiva, jugando con el color,
el scope o la luz del mediterráneo.
Con continuas referencias al cine, –de tal forma que la acción se
desarrolla dentro de un rodaje como fondo de la historia–, la coda final
de Fritz Lang sobre la llegada de Ulises a Itaca, nos deja claro el
concepto de Godard: lo importante del cine es su gestación y su rodaje,
el producto final es algo inevitable y secundario. Angel Lapresta
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