• Por AlohaCriticón

DOLLS (2002)

Director: Takeshi Kitano.

Intérpretes: Miho Kanno, Hidetoshi Nishijima, Chieko Matsubara, Tatsuya Mihashi.

Matsumoto (Hidetoshi Nishijima) y Sawako (Miho Kanno) habían sido una pareja feliz que parecía destinada al matrimonio, pero las anticuadas presiones de unos padres que se entrometieron en su vida y el éxito forzaron al joven a tomar una trágica decisión. Ahora ella vaga en un aturdimiento fútil, unida con seguridad a Matsumoto por una larga cuerda roja.Esta es la primera película que veo de Takeshi Kitano (aunque ya le había visto en alguna como actor) y debo decir que me a sorprendido gratamente.

El director japonés deja su habitual estilo de violencia para ofrecernos lo que yo considero una obra maestra del cine contemporáneo.

En ella se nos muestran tres historias de amor, muy tristes, con cruces entre una y otra.

La primera historia que se nos narra es la de Sawako y Matsumoto, dos jóvenes que iban a casarse. Matsumoto rompió su compromiso por imposición paterna para casarse con la hija de un hombre rico. Entonces Sawako intenta suicidarse y Matsumoto corre a su lado para permanecer juntos, aunque ella ya no le reconoce, pues a perdido el juicio.

En la segunda los protagonistas son un jefe yakuza y su antigua novia, a la que dejó tiempo atrás y con la que ahora, después de 30 años, pretende volver.

En la última vemos la relación entre una famosa cantante de pop, ahora con media cara desfigurada por un accidente y su mayor admirador, que demostrará con creces que es capaz de todo por ella.

El título de la película (en español muñecas) hace referencia a las muñecas del teatro Bunraku japonés, con las que se inicia la película.

Kitano maneja a la perfección los flashbacks. La película es bastante lenta (como se tiende a pensar que es todo el cine japonés), pero no se nota en ningún momento. Esto se debe, en parte, a la gran belleza estética del filme. La fotografía es magnífica, así como la banda sonora, que también contribuye a que no se haga pesada la película.

“Dolls” es una muestra de lo bueno que es el cine oriental, aunque por desgracia no son muy abundantes los títulos de esa procedencia entre las películas estrenadas en España.

Battosai

Takeshi Kitano afirmó en cierta ocasión que la violencia era como la comedia y, de hecho, en sus obras, independientemente de cual sea su temática, se ve reflejada esta mezcla explosiva de felicidad, soledad, amor, odio, vida y muerte que, según él, constituye la esencia de la existencia humana.

Estos elementos se ven claramente expuestos en “Dolls”, una película que es cruel y poética a un tiempo y que, como ya hizo “El verano de Kikujiro” (Kikujiro no natsu, 1999), abandona el género yakuza para adentrarse en el drama.

Para esto, se mete en un mundo que hasta el momento no había abastado: el del teatro de marionetas japonés, el Bun-Raku, y uno de sus temas recurrentes, el amor. Tres hombres hacen que se mueva cada una de las marionetas en el teatro, pero para el espectador son invisibles, como Kitano en esta película, renunciando a la actuación para ser sólo el artista que mueve los hilos de la tragedia.

Aunque es inevitable reconocer en “Dolls” algunos elementos comunes con el resto de la filmografía de Kitano – el mar omnipresente que es punto de encuentro entre Haruna y Nukui, el juego, la mafia -, también se detecta en ella una importante diferencia. Si en sus films anteriores optaba por mostrar la violencia de la manera más clara posible, con asesinatos, amputaciones de dedos y auténticos baños de sangre, aquí opta por ocultarla, disimularla, dejando solamente oír los disparos, ver los cuerpos caídos, pero siempre desde lejos, sin poder ver la sangre. El amor es cruel, sí, pero no hace falta que sintamos toda su crueldad.

Kitano explica que cuando aún era un aspirante a cómico en el barrio d’sakusa, a Tokio, vio una pareja que caminaban atados con una cuerda. La gente de la ciudad los llamaba los mendigos atados. Aunque corrían muchos rumores sobre ellos, nadie sabía cual era realmente su historia ni como habían acabado vagando atados por las calles, pero su imagen quedó gravada en la mente del futuro cineasta, que la recupera ahora en la historia de Sawako y Matsumoto, que a su vez constituye el hilo conductor de una visión pesimista del amor – que es una atadura cuando se tiene y un gran dolor cuando se pierde – y de una imagen del amor condenado a la fatalidad, pues los personajes, como las marionetas del Bun-raku, carecen de autoridad sobre sus propios actos. Dos enamorados atados para siempre, un anciano jefe yakuza que recuerda con nostalgia su amor de juventud, una cantante desfigurada en un accidente y su fan más devoto… una mirada sobre los amores perdidos e irrecuperables.

Alejándose en el terreno narrativo del modelo comercial, Kitano recurre a frecuentes elipsis y flashbacks, cambiando su habitual registro cromático – basado en los blancos, azules y grises – para utilizar colores vivos en un recorrido por las cuatro estaciones que parece, al mismo tiempo, ser un tardío homenaje al cine japonés y, muy especialmente, al Akira Kurosawa de los últimos tiempos. Renunciando a los toques de humor negro que le habían caracterizado anteriormente, más triste y reflexivo que nunca, Kitano opta por la tranquilidad y el silencio con un fondo musical magnífico que, como en toda la filmografía de Kitano, corresponde al compositor Jô Hishaisi.

En resumen, una obra de belleza casi perfecta, quizás un poco lenta para el gusto occidental, pero que, bien seguro, no dejará a nadie indiferente.

Eva Pesquera

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Takeshi Kitano

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