Richard Brooks de nuevo llevando a la pantalla una obra de Tennessee Williams (“La gata sobre el tejado de zinc”), un autor caracterizado por la creación de espinosas y tensas tramas de conflictos personales, en algunos casos con graves incidencias familiares, en donde abundan los personajes marcados por la frustración existencial.
En “Dulce pájaro de juventud”, Brooks vuelca estas pasiones melodramáticas ideadas por Williams en un personaje insatisfecho pero ilusionado con retomar el amor de su vida y principiar una brillante carrera como intérprete cinematográfico. Para ello utiliza el atractivo físico como medio para medrar en su vida personal y profesional.
El objeto de su amor está vinculado a una familia que construye su poder económico, social y político en base a la hipocresía, la violencia y la corrupción.
La película, de marcada naturaleza literaria en sus excelentes diálogos, está bien desarrollada y muy bien interpretada (en especial por el trío Paul Newman, Geraldine Page y Ed Begley), hecho usual en los trabajos dirigidos por Richard Brooks, pero no termina de maravillar porque su historia de ambición y anhelo no destaca por su originalidad y sus personajes no resultan excesivamente interesantes en su estereotipo de antigua estrella, gigoló aventurero marcado por el pasado y demás caracteres localistas que pueblan este agitado melodrama sureño.
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