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Joseph L. Mankiewicz llevando a la gran pantalla con maestría esta adaptación del drama “Julio César” de William Shakespeare, ese gran dramaturgo y experto conocedor de la psicología humana. Derivado de su raíz literaria y el opulento léxico de la tragedia original, el film oferta un derroche de soliloquios y diálogos brillantes, que sirven tanto para mostrar el calado en textos que siempre deparan las películas de Mankiewicz (más si la fuente es Shakespeare) como la enorme capacidad interpretativa de sus intérpretes, en especial James Mason y Marlon Brando, sin olvidar a Louis Calhern o John Gielguld.
La concatenación de discursos en las escalinatas de Bruto (Mason) y Marco Antonio (Brando) resulta inolvidable y el tratamiento visual es digno de admiración, con un primoroso trabajo de cámara de Mankiewicz y Joseph Ruttenberg, y una gran labor en la dirección artística de Cedric Gibbons.
No se trata de una Roma lujosa sino de una Roma infausta, hombruna, de escasos lugares abiertos, con callejuelas sombrías y planos austeros acotados en espacios y personajes envueltos en columnas, bustos, estatuas…que dotan al film de un ambiente tenso, serio, amenazador, lleno de insidias, en donde se abordan asuntos como la envidia, la traición, la ambición, el honor, la lealtad, la tiranía, el poder o la fragilidad de éste.
El film, producido por John Houseman, el fundador del Mercury Theatre junto a Orson Welles, decae en su interés tras el enervado discurso de un inmenso Brando pero en conjunto la película resulta una traslación cinematográfica muy disfrutable.
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