• Por AlohaCriticón


Dirección: Alberto Rodríguez.
Intérpretes: Juan José Ballesta, Vicente Romero, Jesús Carroza, Alba Rodríguez.


Tano (Juan José Ballesta), un adolescente que se encuentra recluido en un reformatorio, obtiene un permiso para acudir a la boda de su hermano mayor, Santacana (Vicente Romero). Durante esa salida del centro, volverá a encontrarse con Richi (Jesús Carroza) y sus colegas del barrio, con los que se meterá en más de un lío.

“7 vírgenes” además de ser el título del segundo largometraje en solitario de Alberto Rodríguez, es el nombre que se le da a un experimento de videncia, por medio del cual, quien lo realiza puede desentrañar lo que el futuro puede depararle.

Rodríguez, después de su exitosa colaboración con Santiago Amodeo en “El factor Pilgrim” (2000), vuelve a su Sevilla natal para rodar una película que, al igual que en “El traje” (2002), discurre por los aledaños menos favorecidos de la capital hispalense.

La trama se centra, fundamentalmente, en las correrías de Tano y Richi, dos “perros callejeros” que se las saben todas, aunque quizá sea precisamente el exceso de confianza lo que les lleve al cataclismo.

“7 vírgenes” tiene reminiscencias de ese cine que se hacía, de forma muy prolífica en la España de la transición y que coincidió en el tiempo con el famoso y denostado cine de destape. Carlos Saura con “Deprisa, deprisa” (1980) o Eloy de la Iglesia con “Navajeros” (1980), “Colegas” (1982) o “El pico” (1983), son algunos de los ejemplos de esa época en la que la temática marginal tenía gran acogida.

Más recientemente, “Barrio” (1998), ha vuelto de nuevo a recrear la vida callejera de un determinado sector de la juventud española. No obstante la reiterada y manida exposición del citado conflicto, Alberto Rodríguez ha conseguido un resultado correcto, merced a una labor interpretativa muy apañada, no sólo del afamado Juan José Ballesta, sino, sobre todo de quien le da la réplica, Jesús Carroza, y del resto del desconocido reparto.

No es anónimo, sin embargo, Vicente Romero, que interpreta al hermano del protagonista. Romero es el actor que dio vida, de manera muy convincente, a un drogadicto en la fabulosa serie ideada para la televisión, “Padre coraje” dirigida por Benito Zambrano.

Después de la visita de fin de semana al extrarradio sevillano, para Alberto Rodríguez, y seguramente para muchos de los espectadores, el futuro de esa adolescencia que aparece reflejada en la pantalla no puede ser más oscuro, aun con el numeroso acompañamiento de vírgenes del juego de marras.

Alberto Alcázar


“7 Vírgenes” no sólo es una historia bien contada de personajes marginales ficticios, sino el fiel reflejo de una parte integrante de nuestra sociedad con la que estamos en continuo conflicto y que no podemos seguir obviando. A mi parecer, hacía tiempo que venía haciendo falta una película como ésta. Lejos de intentar otorgarle una responsabilidad que seguro escapa a sus pretensiones originales, y sin menoscabo de la forma, el contenido de crítica social que deja entrever esta obra es intenso y palpable.

Yo destacaría su verosimilitud, realista hasta el extremo, y la profunda humanidad de sus personajes. Los diálogos, auténticos -fruto de una atenta observación del modo de hablar de nuestros jóvenes -. Se llega a sentir cierta simpatía por los protagonistas, a pesar de que éstos vivan al margen de la ley y causen daño a la comunidad. Todos nos hemos encontrado alguna vez con un “Tano” o un “Richi” (y se produce en muchos casos un “choque” nada agradable). Imbuidos en circunstancias poco favorables, con carencias afectivas, sin motivaciones y por tanto con un futuro nada alentador, encuentran en la embriaguez de las drogas y en el ejercicio de la violencia un lugar que ocupar en el mundo y una manera de posicionarse ante la vida, realidad hostil, convirtiéndose al mismo tiempo en víctimas y verdugos. Y esto es algo que la película transmite bastante bien. Cae la historia, sin embargo, en el Determinismo Naturalista de personajes abocados a un fatal destino; este reproche es menor, pues entiendo que el desenlace se ha resuelto así como golpe de efecto dramático (siempre eficiente) y como llamamiento soterrado a la reflexión (de agradecer).

La película esta encabezada por un buen par: Juan José Ballesta (Tano) lo hace bien -no en vano, recibió una merecida Concha de Plata-. El coprotagonista sevillano, Jesús Carroza (Richi), lo hace aún mejor, excelente como escudero de nuestro joven quijote urbano.

Me ha parecido también muy correcta la elección del setting, de edificios, comercios y bares “neutros”, con carreteras que pueden llevar a cualquier parte, barrios obreros, en fin, sin referente alguno que permita localizar esta ciudad en el mapa, pudiendo así tratarse de cualquiera -del Sur, eso sí, pues el acento delata-, con lo que se amplía la identificación por parte del público potencial.

En cuanto a la forma, abundan planos eficaces que consiguen potenciar la puesta en escena, transmitiendo de manera acertada la forma en que los adolescentes perciben cada instante -vagar por la ciudad en motocicleta, zambullirse en una piscina, entrar en la discoteca con una pastilla bajo la lengua, combatir el insomnio nocturno, la festiva celebración de una boda modesta, etc.-. Quizás se haya hecho un uso excesivo de los planos cortos, aunque esté motivado por el tono intimista y dramático de algunas de sus escenas.

En resumen, una película recomendable que, sin ser una obra de arte, hace pasar un buen rato a los sentidos, al intelecto y al corazón.

José V. Durán


Un barrio de la capital hispalense es el punto de referencia del que se sirve Alberto Rodríguez- que en su día rodara “El traje”, su primer largometraje- para enmarcar su segundo trabajo como director. Por sus calles, nos cuenta la historia de Tano (Juan José Ballesta) y Richi (Jesús Carroza), dos jóvenes con poco futuro y gris presente.

Cual si fuéramos lectores de las andanzas y desandanzas del mítico Lazarillo de Tormes, Alberto Rodríguez nos narra – o al menos, quizá lo intenta – cómo es la vida del protagonista tras su salida del reformatorio para acudir a la boda de su hermano mayor Santacana (Vicente Romero). Una existencia algo efímera en un mundo normal, con gente normal, historias normales y lenguaje vulgar; elementos de los que últimamente gustan las películas españolas.

Un barrio marginal en el que los adolescentes pasan su vida sin pena ni gloria, sobreviviendo mediante los trapicheos de objetos robados y la mala relación con el mundo y todo lo que le rodea; un barrio en el que los viejos no son nada más que eso: viejos; y en el que la esperanza, la alegría, “aquellas pequeñas cosas” de las que nos hablaba Serrat en su extraordinaria canción, que son lo que en teoría hacen que todo merezca la pena; no alientan ni al más pintado.

El paso del mero documental de Rodríguez a lo que podemos considerar una película reside en el título: 7 vírgenes; sin el cual el metraje no sería más que una compilación de acciones sin un hilo conductor claro y definido.

El guiño del título consiste en un pequeño juego de videncia mediante el cual y contando hasta 60 en un espejo rodeado de estampas de vírgenes, se puede ver tu futuro ante ti. Acertado título, sin duda, ya que sin él el director se hubiera visto en el peliagudo trance de tener que elegir un nexo común a todas las imágenes de la película – que no tiene más argumento que el juego de marras – .

En España estamos faltos de buenas ideas, simples ideas, que no requieren mucho más argumento que las propias miradas, no hace falta irnos al barrio marginal de turno, ni ver a los protagonistas de siempre recreando la nada de siempre. Películas como “Los niños del coro”, “El hijo de la novia”, “Solas”; hacen de lo cotidiano algo especial que conmueve el alma y aprieta el estómago de quien lo ve.

Sin efectos especiales, sin largos travelings de cámara; sólo hace falta una idea, una idea nada más que nos sumerja en una historia que merezca la pena. Se trata de buscar ese punto entre la originalidad y la emoción; que está muy lejana a ésta película aderezada con flamenco “maquinero”. Originalidad señores, originalidad y buen hacer.

Cristina Gómez

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Juan José Ballesta


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