Uno de los títulos cómicos menos satisfactorios del gran Woody Allen. Al mismo tiempo que otea paródicamente sus propias congojas existenciales (con especial incidencia en su vida sexual), Allen se sirve de la fragilidad política de los paises sudamericanos para desplegar una sátira sobre las dictaduras y la revolución, aposentada en una serie desigual de viñetas humorísticas, que, en tono delirante, beben del slapstick, el absurdo y el surrealismo.
Algunas situaciones no resultan lo suficientemente logradas, empleando en ocasiones un slapstick trivial y unos diálogos de escasa inspiración, en especial cuando traslada la acción a San Marcos.
Lo más interesante son los diálogos surrealistas que mantiene con Louise Lasser (su esposa en la vida real, aunque por aquellos momentos ya divorciado) y sobre todo, el humor gestual del propio Woody Allen, quien sufre el asalto de un macarrilla interpretado por un joven Sylvester Stallone.
En esta primera etapa, con meritorios ejemplos como "Toma el dinero y corre" o "La última noche de Boris Grushenko", Allen parecía diluir en su persona las influencias de dos de sus grandes ídolos, Bob Hope y Groucho Marx.
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