Una de las grandes joyas del cine negro es este film dirigido por Billy Wilder, quien con la inestimable ayuda de Raymond Chandler, escribió un extraordinario guión que adaptaba la novela de James M. Cain “Three of a kind”.
Narrado en flashback con voz en off de Fred MacMurray, en un personaje que en principio iba a ser para Dick Powell o George Raft, la película cuenta con dos partes claramente diferenciadas. La primera detalla la atracción sexual, el plan del homicidio y la posterior ejecución del crimen, mientras que la segunda narra la investigación del siniestro por parte del astuto perito de la compañía de seguros (un sensacional Edward G. Robinson), en la que se dibuja con habilidad la angustia sufrida por los personajes involucrados en el crimen (en especial por parte de MacMurray) ante el temor del descubrimiento del asesinato y el consiguiente fraude. |  |
Todo ello está engranado a la perfección por parte de Wilder, quien desarrolla la acción con su habitual mano maestra, dotando a la historia de una enorme intensidad gracias a la valía de la intriga, una penetrante conducción narrativa, unos diálogos antológicos, unos sugestivos caracteres de psicología bien roturada, y una atmósfera fascinante, enfatizada de manera espléndida por John Seitz.
El personaje femenino, de una frialdad ofuscadora, caracterizado por una espléndida Barbara Stanwyck, con una peluca rubia platino y una pulsera en su tobillo, pasó a engrosar la lista de las mejores femme fatales que ha conocido el séptimo arte.
Visto lo visto, es una lástima que Billy Wilder no incidiera más en el cine negro, pues pocos títulos en la historia del género poseen el magnetismo de esta obra maestra.
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