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Los Olvidados (1950) de Luis Buñuel - Crítica
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LOS OLVIDADOS (1950)

Director: Luis Buñuel.
Intérpretes: Alfonso Mejía, Roberto Cobo, Estela Inda, Miguel Indan.

En los suburbios de Ciudad de Mexico una pandilla de muchachos liderados por Jaibo (Roberto Cobo) se mueve en los ámbitos de la delincuencia. Entre ellos se encuentra el joven Pedro (Alberto Mejía).

Jaibo, recién salido del correccional, asesina ante Pedro a Julián (Javier Amezcua), el responsable de su detención.

En toda gran urbe confluye la opulencia y la miseria, los grandes edificios de aspecto vertical y los arrabales de casas derruidas, los coches lujosos y los carromatos destartalados, la vida y la muerte, la supervivencia y el derroche; todo ello producto de una sociedad llena de desigualdades que se devora a sí misma mientras olvida en vertederos apartados a sus propios hijos, víctimas y verdugos de una desidia conductual y educativa derivada de los problemas inherentes al ambiente que los rodean.

Luis Buñuel, en un intento de cruda denuncia social dibuja junto a Luis Alcoriza unas situaciones difíciles, conflictivas y hasta crueles enclavadas en los suburbios de Ciudad de México y protagonizadas por un conjunto de personajes marginales, niños delincuentes que no conocen padre ni madre y si los conocen como si no los conociesen, empujados a realizar toda una serie de actos vandálicos y punibles por un Estado que sólo actúa de una manera represora y poco instructiva.
La capacidad vengativa e impía con su alrededor de su líder Jaibo, es un claro ejemplo de un comportamiento arrastrado por una espiral de violencia y atrocidad que sólo conllevará dolor y frustración personal.

Pero Buñuel se apega a la historia describiendo con cariño a sus personajes, en especial a Pedro, un niño de buen corazón, incomprendido por su madre e inmerso en el consubstancial y casi natural clima de criminalidad que lo acordona, un clima que agita toda su rabia interna cuando arroja bruscamente un huevo de gallina (recurso típicamente buñueliano) hacia la cámara como si despojase su ira contra toda la comunidad que lo está contemplando.

La figura de un músico ambulante ciego añorante de los tiempos de Porfirio Díaz simboliza a los gobiernos, que ciegos ante lo que sucede en su territorio y más concretamente a las clases menos favorecidas, añoran la facilidad inane de un exterminio físico en vez de la construcción de un sistema más justo e igualitario que desarrolle una paz social y una convivencia mucho más humana.

La narrativa de Buñuel vuelve a poner de manifiesto el gran talento como contador de historias del genio aragonés, prácticamente no existen momentos de transición, todos los planos contienen esa tensión desgarradora que una película de esta temática necesita, dejando eso sí, momentos magistrales para sus cuitas surrealistas y simbólicas como puede ser la sensacional escena onírica del pobre niño tras la presencia de un asesinato, el tratamiento que Buñuel concede a las mesmerizantes imágenes en este pasaje es digno de encomio y alabanzas.

Su sentido del erotismo está también presente en varios momentos : la leche derramada encima de los muslos de la muchacha, las miradas y diálogos entre la madre de Pedro y Jaibo antes de que se cierre la puerta violentamente, el ciego con la inocente niña en su regazo; son partes de un film que junto a su principal materia, la representación árida de la delincuencia juvenil dentro de un brutal realismo muy bien enfatizado por la magnífica fotografía llena de contrastes de luz del maestro Gabriel Figueroa convierten al film en un fenomenal tratado sociológico lleno de matices que mueve a una profunda reflexión en quien la contempla.

"Los olvidados", una rotunda obra maestra del séptimo arte y un título inolvidable.

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Luis Buñuel

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