• Por Antonio Méndez

the flaming lips at war with the mystics album cover portadaCrítica

El retorno del grupo de Wayne Coine después del aclamado “Yoshimi Battles the Pink Robots” puede decepcionar un tanto en su primera escucha al oyente más ansioso de remedar los mejores logros del trabajo anterior, pero el menos impaciente podrá ir poco a poco descubriendo la rica heterogeneidad de un álbum disperso con una clara influencia en su concepto: los Pink Floyd de finales de los años 60 y los 70, sin desdeñar el rock experimental de Frank Zappa, el art-rock de los Genesis de Peter Gabriel, el funk a lo Prince, las melodías de Todd Rundgren o el soft-rock de Steely Dan.

El ecléctico álbum, necesitado de varias escuchas (como casi todos los discos de cimiento psicoprogresivo) para apreciar su real valía, oferta con comentarios sociales y políticos un amasijo de texturas space-rock con pasajes delineados por efluvios de LSD, prog-rock a lo Pink Floyd, King Crimson o ELP, retazos de la ELO… una especie de collage post-moderno con momentos demasiado pretenciosos y otros de cierto interés dentro de las creativas pautas de la escritura de The Flaming Lips.

“Yeah Yeah Yeah Song”, con ritmo a lo Paul Simon, aplausos, coro con ridículas voces en falsete que pretenden ser divertidas, empleo del vocoder y diatribas sobre los mecanismos de poder (en clara referencia a George W. Bush), abre un disco que pronto se arrima a las piezas funk de Prince en “Free Radicals” y a la psicodelia con ropaje soft-rock de tipo melancólico en el medio tiempo “The Sound of Failure”, tema terminado con relajados sonidos de flauta en “It’s Dark…Is It Always This Dark?”.

El tempo sigue templado en la balada “My Cosmic Autumn Rebellion”, pieza con piano, efectos espaciales y fuzz guitar que retrata el fin de una estación con nostalgia y esperanza de permanencia en una emoción placentera (ejemplificada en los calmosos sonidos de los pájaros).

Los serenos sonidos de flauta retornan en la psicodélica “Vein of Stars” y en “The Wizzard Turns On…”, tema instrumental claramente influenciado por los pasajes psicoespaciales de Pink Floyd.

La simpleza y el ritmo de la disco-funk “It Overtakes Me” podrá incluso animar al baile a alguno o alguna, mientras que “Mr. Ambulance Driver”, con ecos de Cat Stevens, no resulta de difícil escucha, asentándose en una bonita melodía con afectuosos sonidos de piano eléctrico (el constante sonido del sample de la sirena resulta demasiado obvio y tendrían que haberlo eliminado).

“Haven’t Got a Clue”, con guitarra acústica, múltiples efectos y sonidos techno-pop, se revela como una pegadiza y divertida pieza con melodía a lo ELO que culmina con armonías a capela en plan tributo a lo Beach Boys.

“The W.A.N.D.” es la mejor canción del disco, amalgamando a la perfección un riff hard-rock, tempos bailongos funk, efectos psicodélicos, armonías vocales lisérgicas y comentarios sociopolíticos sobre el fanatismo de los líderes del mundo.

En “Pompeii Am Gotterdammerung”, los Pink Floyd vuelven a ser los gurús de la composición de Coine. La melodía y la atmósfera volcánica-taciturna resultan turbadoras en una historia que parece tratar sobre el suicidio de una pareja. Se trata de otro de los mejores momentos de un álbum que concluye con “Goin’ On”, melódica balada con sonido de piano eléctrico (seguramente un Fender Rhodes) que bien podría ser cantada por Paul McCartney o Todd Rundgren.