Una comedia con el único (y gran) interés que mostrar juntos a dos grandes personajes de la historia del cine: el actor shakesperiano Laurence Olivier y la sex symbol Marilyn Monroe.
“El príncipe y la corista” adapta una obra teatral del dramaturgo británico Terence Rattigan (autor de “Mesas separadas”) significada por el encuentro sentimental entre dos caracteres centrales distanciados a nivel social y económico, con el manido asunto del “pez fuera del agua” en un contexto de comedia ligera y romántica.
La película, narrada con estilo y de manera rítmica por Olivier y dotada de una exquisita dirección artística, plena de refinamiento, lujo y boato, fracasa en parte por la flojedad de su guión, que poco más ofrece de relevancia que el primer intento de ligoteo por parte de Olivier, quien en principio solamente desea sexualmente a una Marilyn enfundada en un ajustado vestido blanco, ofreciéndole una divertida cena tras acudir a contemplar su función en el West End londinense.
Este intento de conquista y juego de seducción, repetido posteriormente de manera muy diferente, con brillantes diálogos, una meritoria puesta en escena y una considerada química entre las dos estrellas, es lo más salvable de una película que con posterioridad parece no despegar hacia ningún lado.
Ni la subtrama política que conlleva un miramiento a la relación parteno-filial y a los procedimientos dictatoriales, ni el aspecto más sentimental del film deparan grandes momentos cinematográficos.
El apreciable talento de Marilyn Monroe para la comedia y sus atractivos atributos físicos no pasarían desapercibidos para Billy Wilder, quien posteriormente la haría brillar en “Con faldas y a lo loco” y “La tentación vive arriba”.
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