• Por AlohaCriticón

EL SECRETO DE VERA DRAKE (2004)

Director: Mike Leigh.

Intérpretes: Imelda Stauton, Richard Graham, Eddie Marsan, Anna Keaveney.

En el Londres de 1950 Vera Drake (Imelda Stauton) vive una existencia humilde pero feliz junto a su marido Stan (Phil Davis) y sus hijos Sid (Daniel Mays) y Ethel (Alex Kelly).

El principal motivo vital para Vera es ayudar a la gente necesitada, incluso cuando esa ayuda no está considerada legal por el gobierno, como es el aborto clandestino de chicas jóvenes. Cuando una de ellas sea hospitalizada de gravedad se revelará el secreto de Vera, afectando seriamente su felicidad y la de su familia.

Regresa Mike Leigh y vuelve a noquear al espectador lanzándole un golpe

directo donde más duele, justo en el centro de su sensibilidad emocional.

En su penúltimo trabajo, “Todo o nada” (2002), Leigh nos tumbaba en la

lona con la secuencia final del duelo dialéctico entre Lesley Manville y

Timothy Spall. En esta ocasión, la pegada la elabora en un plano sostenido

durante unos segundos del rostro tenso de Imelda Staunton, cuando su

marido le anuncia que ha llegado la policía.

Iniciado en el arte dramático y devenido al celuloide, Leigh escribe el guión

utilizando el tempo teatral, dividiendo a la película en tres actos, que

corresponden, como no podía ser de otra manera, a la presentación, al

nudo y al desenlace. Presentación, en la que en una serie de pinceladas,

nos descubre a los principales personajes de la trama, centrándose sobre

todo en Staunton. Nudo, en donde asistimos a las prácticas de interrupción

del embarazo de Staunton y que finalizaría en el clímax dramático aludido

anteriormente: la interrumpida celebración del anuncio de boda de la hija de

Vera, Ethel, junto con la noticia del embarazo de su cuñada (terrible

paradoja). Por último, el desenlace que se traduce en una visita guiada por

los rígidos y formalistas caminos de la justicia británica.

“El secreto de Vera Drake” supone una nueva demostración de la brillantez

artística de Leigh, quien sustenta sus geniales trabajos en una rigurosa

profesionalidad y en la importancia otorgada a la interpretación. Ejemplo de

lo primero, son dos momentos (aparte del ya citado) en los que a partir de

una sola secuencia, se extrae cantidad de información acerca de la

personalidad y psicología de los personajes. Es decir, la aplicación de lo

que se conoce como economía narrativa, tan profusamente empleada en el

cine clásico y hoy completamente infrautilizada. El primer pasaje

mencionado es el diálogo que tienen en la cama Vera y su marido, en la

que rememoran su huérfana infancia; y el segundo, coincidiría con la

conversación que Vera mantiene con sus compañeras de reclusión, en

donde Leigh refleja el altruismo e ingenuidad de la primera y el ánimo de

lucro y el dolo por parte de las otras. (Podría indicarse algún otro instante,

pero ya que es a la inteligencia del espectador a la que va dirigido el filme,

respetemos la intencionalidad del autor y abandonemos este propósito).

Respecto a la interpretación, qué decir. Que le pregunten a Brenda

Blethyn, a quien, prácticamente, nadie conocía antes de “Secretos y

mentiras” (1996), o la propia Imelda Staunton, que ha trabajado en muchas

producciones, pero que “El secreto de Vera Drake” le va a suponer,

igualmente, un antes y un después.

Alberto Alcázar

Ahí va Vera Drake. Recorriendo los suburbios londinenses, transitando sus estrechas callejuelas, poseyendo las llaves que abren muchas puertas verdes. Detrás de esas puertas están sus afectos, su familia y todas aquellas otras familias para las que Vera trabaja o a las que, simplemente, ayuda desinteresadamente. Todo lo hace con una sempiterna sonrisa y tarareando váyase a saber qué canción. Y ese gesto, tan profundamente humano, tan propio de una humanidad casi perdida en este mundo, contrasta con todo lo que se ve en pantalla en las primeras secuencias: casas proletarias, miserias humanas, oscuridad y estrechez. La estrechez está en las calles, en los ambientes cerrados, en las historias. Y la sonrisa de Vera, sin embargo, es ancha y generosa.

Efectivamente, “El secreto de Vera Drake” (“Vera Drake”, 2004, Mike Leigh) es una película hecha de contrastes. Desde su forma hasta sus contenidos más íntimos, desde los desiguales niveles de luz hasta los distintos personajes que atraviesan los diversos escenarios. Todo parece amalgamado por la figura de Vera, que suelda las diferencias, homogeniza las sensaciones del espectador. Y entonces vemos que hay otras casas, más amplias, más luminosas. Las de aquellos acomodados que contratan por horas el servicio doméstico de Vera. Sin embargo, nada cambia la actitud de la mujer. Y los contrastes se agigantan, se apilan, se imbrican. Vale la misma sonrisa para ese vecino sin familia que no obstante parece un buen partido para una hija queda, como para la señora que apenas le habla mientras la protagonista, en cuclillas, lustra una lujosa chimenea.

Así discurren los días de Vera. Agradeciendo por las noches, junto a su esposo, la vida que les ha tocado en suerte. Celebrando la constitución de una familia que puede dar el salto a través de los hijos, como siempre sucede (o debiera suceder). Ethel tiene ahora, con Reg, la posibilidad de formar su propia familia y Sid posee el empuje de un joven preparado, curtido por los avatares de las guerras y que puede, por iniciativa propia, aspirar a un futuro mejor. ¿Qué más pueden pedir los padres? Con todo, el universo de Vera no se agota allí. Los viernes, a las cinco de la tarde, practica abortos para “niñas con problemas”, según sus propias palabras. Y lo hace sin que ningún interés económico la mueva: hace veinte años que “ayuda” a esas jóvenes sin cobrar ni un penique (cosa que sí hace quien le deriva los trabajos). Encara esta tarea como todo en la vida: sonriendo y tarareando. Al fin se trata de celebrar.

Pero el mayor de los contrastes asalta la historia: lo que Vera hace, los viernes, es ilegal en la Inglaterra de 1950. Y la Ley se lo hace saber, justo el día, vaya paradoja, en que su hija está celebrando su compromiso y su cuñada anuncia su embarazo.

Leigh se detiene en un primerísmo primer plano del rostro de Vera al momento en que su esposo le anuncia que la policía la busca. Y ese plano, que se sepa, tiene destino de clásico. Sin decir palabra, una brutal metamorfosis ataca ese rostro afable. Imelda Staunton, a cargo del personaje central, ofrece uno de los momentos más conmovedores de los que puede brindar el cine actual y, tal vez, el de toda la historia. Dejos de la “Juana de Arco” de Carl Theodor Dreyer pueden entreverse en ese plano crucial que parte la película en dos. (No existe justicia en los Premios Oscars – vaya novedad – si Imelda no tuvo uno en sus manos sólo por haber actuado esta toma).

Y la Sra. Drake va a parar a la cárcel. Una de sus niñas casi muere y Vera tiene que pagar. Una nueva puerta verde, más ancha, más contundente, se cierra tras la mujer como un nuevo y aplastante contrapunto y ni ella ni los espectadores tenemos las llaves. El seco portazo nos despierta de un sueño en el que todo estaba en su tierno orden. Vera Drake ha abortado la sonrisa.

Lo que sigue es el proceso al que se somete a la protagonista, quien ha delinquido para el imperio de la Ley, siendo destinataria de una culpabilidad que ella asume sumisamente, consciente de que su ley moral no es la misma que la del fundamento social que la persigue. Toda la película es una toma de posición al respecto, pero aún así el mayor mérito de Leigh es que no teoriza, no pregona su postura con fuerza panfletaria. El director se limita a contar una historia: eso es cine.

A través de este proceso que lleva a Vera a la prisión, se pueden vislumbrar las lealtades o traiciones – nuevas asimetrías – que le esperan. En este punto, es el personaje de Daniel Mays, su hijo Sid, quien hace las veces de puente, quien encarna las ambigüedades que un tema como el aborto puede provocar.

La última frase que escucha Vera en la película: “Vera, fíjate por donde caminas”, proferida por una guarda cárcel, es la frase que los eternos partidarios de la falsa moralina pueden empuñar para condenar, a su vez, el tema que Vera Drake nos trae. Y no habría que detenerse en esa oración sino en las que emiten sus compañeras del penal, que sí asumen su dolo conscientemente.

Sin embargo, es tristemente cierto, Vera, que en este mundo no hay lugar para mujeres de tu talla.

Raúl Bellomusto

Enlaces

Mike Leigh

Jim Broadbent

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