• Por AlohaCriticón

LA JIRAFA (1998)

Director : Dani Levy.

Intérpretes: Dani Levy, Maria Schrader, David Strathairn, Jeffrey Wright.

Un brillante hombre de negocios llamado David Fish (Dani Levy) recibe una llamada de su madre (Lynn Cohen), residente en Nueva York, comunicándole que piensa que ha reconocido a su fallecido padre en la figura del judío Eliah Goldbergh (Lukas Ammann), propietario de una fábrica de chocolate quemada por antisemitas. David intentará ponerse en contacto con Goldbergh por mediación de su abogado Charles Kaminski (David Strathairn).

En Nueva York también vive Lena Katz (Maria Schrader), nieta de Goldbergh.

Compras tu revista mensual de actualidad cinematográfica (y no diré nombres por aquello de la propaganda) o bien adquieres el periódico del día (ya sea jueves o viernes). Vas a la sección de críticas. Te lees unas pocas. Vas luego a la sección de estrenos y haces un repaso a aquellos que más te llaman la atención de esa semana, ya sea por las susodichas críticas (siempre que sean positivas, claro está), ya sea por quienes están detrás de esa película o ya sea por su argumento que, ciertamente, te ha parecido interesante. Lees algo de un tal Dani Levy, un joven director alemán que goza de gran prestigio en su país de origen, Alemania (o eso es lo que al menos reza el diario). Lees luego que esa misma semana estrena una nueva película (aunque no tan nueva, pues la cinta es de 1998), titulada “La Jirafa”, de la que dicen, ha sido su película más ambiciosa hasta ese momento. El infumable título del film, sin embargo, ya te da una sensación más negativa que positiva. Pero, en nuestro empeño por averiguar más sobre esta propuesta, no nos detenemos ahí y leemos el argumento de dicha película:

“En una pequeña ciudad alemana, una fábrica de chocolate arde premeditadamente. El propietario judío, Eliah Goldberg, apenas consigue salir con vida; el asalto antisemita está en los titulares mundiales. David Fish (Dani Levy), un brillante hombre de negocios soltero, recibe una sorprendente llamada de teléfono durante la comida. Al lado de éste se encuentra una especie de amigo de la familia, abogado y detective que parece el calco exacto de Dustin Hoffman, Charles Kaminski (David Strathairn). Su madre (la de Fish), que emigró a América cuando era niña, ha visto en el periódico la foto del propietario de la fábrica., quien afirma ser: su padre. Y entremedio de todo esto se encuentra la pobre Lena Katz (Maria Schrader), cuya madre es la hija del anciano magnate chocolatero…”

Puede parecer un argumento rebuscado y todo lo que uno quiera pensar pero… de interesante tiene un buen trecho… ¿o no? Al menos es lo que me pareció en un primer momento. Pues bien, una vez leído el jugoso argumento, y olvidado el tema del dichoso título, decides ir a ver dicha película. Coges el transporte público (pues en el único multisalas de mi ciudad no es que tengan pasión por el cine independiente precisamente) con la intención de dirigirte a la sala donde la proyectan (en mi caso, Barcelona), llegas allí, compras la entrada ilusionado, entras en la sala y cuando aún están las luces encendidas piensas: “aunque me hubiese gustado ver la última película de Kim Ki-duk, creo que la que voy a ver no me va a defraudar, veré algo bueno, veré buen cine independiente, veré algo que se salga de los cánones hollywoodienses… ¡hoy voy a salir contento del cine!”. Error. Se apagan las luces, acabas de ver los últimos anuncios publicitarios y… ¡zas! A medida que se van sucediendo los fotogramas, la sonrisa de la cara se va desvaneciendo a marchas forzadas y la ilusión es barrida de un plumazo. Haces un esfuerzo por intentar acabar de verla, siempre con la esperanza del presunto giro, evidentemente, positivo que puede dar la película… Pasan los minutos, y cuando te das cuenta (si no te has ido ya antes) que la película va a alcanzar su ecuador, sabes de antemano que ya no va a ver sorpresa que arregle todo el estropicio inicial (que no la hay)… se acabó tu ilusoria buena tarde de cine.

Y llegó la hora de hacer balance final: has ido pensando en ver algo innovador y te has encontrado con un ¿thriller? de lo más tópico que han podido vomitar. Has ido pensando en que ibas a ver buen cine independiente, de aquél que se aleja (para positivo) de la industria americana, y te has acabado encontrando un producto que intenta imitar hasta la saciedad las producciones hollywoodienses, con no pocas reminiscencias a los culebrones sudamericanos más infumables (sin buenos resultados, claro). Has ido pensando que te ibas a encontrar algo, al menos, entretenido, pero en verdad te has topado con algo aburrido, sin el punch suficiente para que te pueda enganchar, entre otras cosas porque su historia está explicada de una manera tan incoherente que no te la llegas a creer en ningún momento. Gran culpa de esto la tiene su horrible guión, con situaciones y diálogos que no sobrepasan lo risible. Pero por desgracia, no nos quedamos aquí, pues en el plano interpretativo no hay ni uno que se salve, en especial el mismo Levy, que pasea la misma cara de atontado durante toda la película en una interpretación menos que mediocre. Vale, la fotografía es buena, pero ¿de qué sirve si no está aprovechada en un buen conjunto?…

Pero bueno, entre tanto pensar y pensar hace ya un buen rato que ha acabado la película, y es entonces cuando las sensaciones, tan positivas antes de entrar, se han ido convirtiendo, progresivamente, en negativas. Así, y dentro de toda lógica posible, te viene a la cabeza el último pensamiento sobre lo que acabas de ver (pues intentas por todos los medios olvidarlo fácilmente… aunque eso tampoco es proponérselo): “¿porqué leches no me habré preguntado antes la razón de tanta demora en el estreno?… ¡pero que manera de joderme la tarde!”. En fin…

Daniel Jiménez Pulido

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