Adaptación de un relato corto de Cornel Woodrich, que le sirve al maestro Hitchcock para ofrecer un ejemplar ejercicio de voyeurismo (casi en un autohomenaje, pues Sir Alfred se consideraba un incontinente mirón) que no es más que un refinado tributo al cine y al cinéfilo, partícipe desde la mirada irónica del director británico de las diferentes y cotidianas intrahistorias de un diverso muestrario de caracteres, como una escultural bailarina, un matrimonio que alivia su calor estival durmiendo en el balcón, un viajante y su doliente esposa, la infeliz señorita corazón solitario, un músico sin mucho éxito o una fogosa pareja de recién casados.
Esta singularidad no menoscaba el excelente material de misterio y suspense, con un trasfondo latente de tipo sentimental, que esta gran película desarrolla, empleado como McGuffin para ofertar la composición anteriormente citada.
El film, claustrofóbico y absorbente, presenta una gran interpretación de James Stewart, acompañado por la rubia favorita del director, Grace Kelly, siempre refinada en sus modales y apariencia (vestida en esta ocasión por la omnipresente Edith Heath), sin olvidar el trabajo de Thelma Ritter y Raymond Burr, secundarios de lujo para cualquier producción cinematográfica. |  |
La tensa narración hitchcockiana, puesta en escena en un reducidísimo espacio, la magnífica utilización del tempo como expositor de la situación de suspense o la brillante fotografía de Robert Burks hacen de este título uno de los mejores trabajos del inigualable autor inglés.
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James Stewart
Grace Kelly

Y es que, seguramente, estemos en la época
más creativa de Alfred Hitchcock, y quizás, en este caso, estemos
también ante su mejor trabajo del momento.
Sin abandonar nunca a su público menos meticuloso, “La ventana
indiscreta” no deja de ser su clásica película de suspense, expuesta en
un agradable tono de comedia. Pero como insinuó el propio director:
“Quien ve en este filme solo una diversión, se parece mucho a su
protagonista, que se contenta con observar la vida de los demás, desde
lejos, para evitar examinar la suya propia”.
El argumento de la película, cuenta, como, un reportero gráfico, Jeff
(James Stewart), desde la silla de ruedas en la que se encuentra
convaleciente de un accidente, observa por su ventana la vida del
vecindario, como entretenimiento a su obligado reposo. En un momento
dado, sospecha que se haya cometido un crimen en un apartamento de
enfrente. En su esclarecimiento, implicará a su novia Lisa (Grace
Kelly), a su enfermera y a su amigo policía; con sus distintos grados de
aceptación sobre la indiscreta sospecha.
Pero, toda esta historia, no representará mas que la consabida coartada,
“McGuffin”, que Hitchcock utiliza habitualmente como excusa, para
exponer “a hurtadillas”, sus verdaderas intenciones.
Quizás la tesis principal que plantea la narración, sea la extraña
relación de pareja entre Jeff y Lisa. Ésta, desea que su noviazgo
termine en matrimonio; mientras que el reportero, teme la
responsabilidad y la atadura que representaría este paso. El
enfrentamiento con este conflicto, tratará de demorarlo, precisamente,
volcándose en espiar la vida de los demás (por distracción o
profesionalmente). Actividad, a través de la cual, Hitchcock, aprovecha
para mostrarnos todo un recorrido por el lado menos amable de las
relaciones personales: las dificultades entre las propias parejas, la
desesperación de la soledad, o la insolidaridad entre el vecindario.
Argumentos poco atractivos para abandonar la soltería. Aunque, de nada
servirá esta “huida”, tal y como nos muestra irónicamente la última
escena del filme.
Otro de los temas que sugiere la película, es el sentimiento de “voyeur”
que todos llevamos dentro. Prácticamente todo el filme esta rodado desde
el punto de vista de un “mirón”. Punto de vista, en el que no solo se
siente cómodamente instalado James Stewart, sino que, con él, nos
complacemos todos los espectadores del cotilleo en la vida del
vecindario. Quizás más entretenido que mirar en la propia.
También aprovecha para poner en solfa la moralidad del fotógrafo (o del
periodista), que entra en la vida privada de las personas, a menudo, sin
medir las posibles consecuencias. El castigo final del reportero
entrometido, arrojado desde su privilegiado observatorio, nos da una
clave de la opinión, siempre escrupulosamente moralista, del director
inglés.
Pero, en el grupo de esos “curiosos” compulsivos, en los que ya hemos
incluido a los espectadores, ¿no deberíamos implicar también, no solo
como “mirones”, sino como verdaderos inductores al “voyeurismo”, a los
propios cineastas?. Y, por lo tanto ¿qué es el propio cine?.
Ángel Lapresta
Magnifica puesta en escena de la cotidianeidad en un pequeño bloque de
edificios de apartamentos, explotando hábilmente no solo la trama de intriga
y asesinato, sino también la lucha entre los siempre inconformes intereses
masculinos y femeninos dentro de la privacidad del hogar.
Tal vez una de las cintas mas entretenidas y ligeras de un Hitchcock que
despliega, como siempre, esa capacidad innata tanto de proveer a la
audiencia de romanticismo y cinismo antológico, como de llevarlos a ser
participes de las peripecias de la ambigüedad moral de sus personajes
centrales, un formidable James Stewart, encarnando a un voyeur confinado a
su silla de ruedas, cuyos antojos se concentran en el show que le
proporcionan los vecinos de su conjunto residencial, y cuya vida amorosa se
tambalea entre su incapacidad para formalizar su relación y la intensidad e
insistencia de su bella y adinerada novia, la hermosa y cándida rubia Grace
Kelly.
Rear Window cuenta con el usual gran apoyo de Robert Burkes en la
fotografía, un divertido y ameno guión de John Michael Hayes, en su primera
colaboración con Hitchcock, y la siempre embelesante maestría del director
Británico por adentrarnos en una situación aparentemente común que detonará
todo un sinfín de momentos repletos de tensión y desasosiego, una soberbia
ejecución de planos subjetivos, de pausado tempo, engranaje necesario para
una consecución final más que satisfactoria.
Otro film monumental que el gran Hitch regalaría a la posteridad. Pierluigi Puccini
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