“La Noche Del Cazador” fue la única película dirigida por el gran actor británico Charles Laughton. Denostada en su día, es sin embargo uno de los títulos más fascinantes que ha conocido el séptimo arte.
El film no es más que una revisitación expresionista y poética de los cuentos de los hermanos Grimm con el protagonismo de una pareja de inocentes infantes (al estilo Hansel y Gretel) acosados por un maléfico ogro.
Los niños, inmersos en un absorbente clima de miedo, son testigos de la confrontación entre el bien y el mal, personificados en Harry Powell (excelente creación de Mitchum) y Rachel Cooper (interpretada por la legendaria Lillian Gish), y a la visión de un mundo adulto tentado por el deseo, la avidez, con un irremisible y fatal destino: olvidados, borrachos, perdedores, condenados, fanáticos… |  |
La básica reflexión del film, escrito por el famoso crítico cinematográfico James Agee (aunque reescrito por el propio Laughton), lleno de referencias biblicas y con momentos de humor involuntario, es la protección de la infancia en una sociedad adulta marcada por la avaricia y el delirio.
La pareja de hermanos rara vez aparece al cuidado de su madre, más preocupada por satisfacer sus ansias como esposa y por purgarse personalmente.
Quien parece adoptar la figura maternal y paternal es el hermano mayor hasta la aparición de la señora Cooper, como así también se comporta la pequeña con la muñeca que custodia el dinero al margen de su contenido.
Junto a estas temáticas y resaltando éstas, lo más importante de “La Noche Del Cazador” es la atmósfera lograda por Laughton y el excepcional fotógrafo Stanley Cortez, colaborador también de Orson Welles en la obra maestra “El Cuarto Mandamiento”, otro film extraño y singular. En color Cortez fotografió, entre otros muchos títulos y de manera soberbia “El Hombre De La Torre Eiffel”, aquella curiosa película basada en una obra de George Simenon que dirigió el actor Burgess Meredith.
 |
Se retrotraen, al igual que Welles, al expresionismo alemán, con influencias de Fritz Lang, F. W. Murnau o Robert Wiene, para construir un ambiente lírico, surreal, pesadillesco y sugestivo, de una extrema riqueza visual y momentos inolvidables.
Algunos de ellos son la aparición de la sombra de Robert Mitchum en la habitación de los niños, el cadáver bajo el agua en el coche, la historia de los nudillos tatuados de Mitchum, la terrorífica silueta en el horizonte de Mitchum a caballo entonando sus cánticos cuasi espectrales, cántico que en el último tramo comparte con Lillian Gish, fusionándose el bien y el mal de una manera cautivadora. |
El mejor momento de toda la película es el trayecto de los niños por el río con la naturaleza y los animales como deponentes de su puntual paz sobre una calma agua en contraste con sus intensos encuentros con Mitchum. Este itinerario está contado por Charles Laughton con un tacto pausado, fascinador, que reposa la narración en una poesía arrebatadora.
Sin embargo y a pesar de sus enormes virtudes, el film tiene sus puntos flacos, como algunos comportamientos ilógicos y omisiones de los personajes infantiles (el más obvio ponerse en contacto con la policía), la vaguedad tonal y sobre todo, un final anticlimático.
Enlaces
Charles Laughton
Robert Mitchum
Lillian Gish
Shelley Winters

La película está soberbiamente interpretada por Robert Mitchum, en el sin duda mejor papel de su espléndida carrera. Nadie podrá olvidar las manos de Mitchum con las palabras "amor" y "odio" tatuadas en los nudillos. Como tampoco podrán olvidar la sensacional escena en la que aparece la sra. Powell ahogada en el río con los cabellos flotando.
Charles Laughton pensaba ponerse detrás de las cámaras otra ocasión para dirigir "Los desnudos y los muertos", pero el fracaso de “La noche del cazador” le hizo abandonar la dirección, con lo que el cine salió perdiendo.
Guille Galbe
Es ya tópico oír hablar del cine como el séptimo arte, pero pocas veces he entendido esta expresión mejor que durante la contemplación de “La noche del cazador”. Se ha dicho que todas las narraciones de ficción giran en torno a unos pocos temas recurrentes: el amor, la lucha entre el bien y el mal, etc.
Lo que hace original una narración, por tanto, y la convierte en arte es precisamente la elección de la forma más adecuada de plasmar la historia para conmover al espectador/lector/oyente. Y en esta película la forma es perfecta de principio a fin.
El film soporta revisión tras revisión, al igual que un cuadro de Vermeer o una sinfonía de Mozart, porque, aunque conozcamos la historia de memoria, lo que nos cautiva es la forma en que se cuenta. Y así, como espectadores entregados, volvemos en cierta forma a aquella edad en que pedíamos a nuestra madre, a nuestra abuela o a una tía oír otra vez el mismo cuento repetido una y mil veces, siempre igual y siempre fascinante. Y esto me lleva a la segunda cuestión.
La película se cierra con una reflexión sobre la infancia que, a mi entender, ilumina todo el relato. Frente al ser hundido en la maldad, el predicador Powell/Mitchum, frente al confundido y bienintencionado padre ladrón, frente a la madre que huye de la realidad (agobiando primero a su marido con peticiones irreales y entregándose luego a un misticismo evasivo), frente a los despistados y cambiantes aldeanos; en definitiva, frente al complejo e inseguro mundo adulto, Laughton afirma que la verdadera fortaleza interior se encuentra en la sencillez firme y llana de la infancia.
El niño protagonista en ningún momento considera siquiera la posibilidad de faltar al juramento que hizo a su padre, ni aún a riesgo de su vida y la de su hermana. Su inocente y monolítico sentido moral es más fuerte que el de cualquier adulto (que en seguida habría encontrado mil razones para incumplir su palabra). Y, cuando las dificultades han pasado, se aferra sin problemas a la nueva felicidad que se le ofrece.
En este sentido, la película parece al mismo tiempo una reivindicación y una mirada nostálgica de esa edad en que las cosas estaban más claras y en que la voluntad inquebrantable de ser felices podía sobreponerse a cualquier desgracia.
Me gustaría acabar recordando la espléndida novela de Davis Grubb, “La noche del cazador” (editorial Anagrama), de la que el film es una adaptación no menos espléndida.
Andrés Lozano
Enlaces
Charles Laughton
Robert Mitchum
Lillian Gish
Shelley Winters