• Por AlohaCriticón

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LA PASIÓN DE CRISTO (2004)

Director: Mel Gibson.

Intérpretes: Jim Caviezel, Monica Bellucci, Maia Morgenstern, Rosalinda Celentano.

Con guión de Benedict Fitzgerald (“Sangre Sabia”) y Mel Gibson (“Apocalypto”, “Vacaciones En El Infierno”).

Jesús (Jim Caviezel) es traicionado por su discípulo Judas Iscariote (Luca Lionello) y apresado en Getsemaní cuando se encuentra rezando junto a los apóstoles. Es acusado de blasfemia y condenado por el gobernador romano de Judea, Poncio Pilato (Cristo Naumov Shopov), a morir en la cruz. A partir de ahí comienza un terrible calvario para el penado.

La figura de Jesucristo, al margen de las cuestiones que atañen a su existencia histórica, es una de las más relevantes en el sentir occidental y una personalidad tratada a conciencia y desde diferentes perspectivas a lo largo de la historia del cine, siendo trasladada su vida por autores muy dispares a nivel ideológico y artístico, desde Pier Paolo Pasolini a Cecil B. DeMille, pasando por Martin Scorsese, George Stevens o Nicholas Ray. Ninguna de ellas tan impactante y cruel como la firmada por Mel Gibson.

Gibson, de firmes creencias católicas al igual que Jim Caviezel, el actor encargado de dar vida (de manera muy plausible) al Cristo del film, centra la conocida historia en las últimas doce horas de la vida de Jesús, otorgando, con la ayuda de su director de fotografía Caleb Deschanel, un tono inclemente, enfático en la expresión del sufrimiento ilustrando de manera hiperrealista las sensaciones que detenta su título, “La Pasión”, y desechando cualquier otra muestra del proceder del líder mesiánico judío.

Nada de enfoque antisemita pues no se desvía de lo expuesto en los evangelios, lo único que le interesa a su autor es la descripción desabrida del sufrimiento, cuanto más penetrante y despiadado mejor.

Para materializar visualmente este proceso de agonía y dolor inunda la pantalla de heridas, torturas y sangre en una manifestación tenebrista propia de las pinturas de Caravaggio y un clima cuasi de film de terror, con la intención de traspasar mediante la violencia y el padecimiento ajeno el poder del sufrimiento como liberador y redención.

¿Pero es necesario plasmar esto de esta manera? ¿Es compatible el excesivo festín sanguinolento, con el mensaje de amor que predicaba la víctima? Sí y No. Si, pues la pasión no es más que la exaltación de los sentidos y Gibson consigue exaltar con su película rodada en arameo y latín para dar mayor empaque realista, por el poderío visual de sus imágenes y el vínculo del dolor entre sus principales personajes (Jesús, María, María Magdalena, Satanás), que logran atrapar de manera visceral y dramática las extremas emociones de la pena física de un hombre cuya trascendencia, se supone, va más allá de ese físico humano, mostrada en multitud de iconografía pictórica previa, desde el citado Caravaggio hasta Matthias Grünewald, William Hole o James Tissot.

Además y como justificación de la violencia mostrada y como varios historiadores han descrito, entre ellos el conocido Flavio Josefo, la crucifixión era un método terrible y la peor forma de pena de muerte conocida en la época.

No, pues la catarsis buscada se beneficia solamente de la violencia reprimida del asistente a la sala para exhibir una gratuita orgía gore y un detallado, brutal e insufrible martirio que busca el morbo fácil, centrándose en la faceta más escabrosa de la historia, acentuada por el abuso del slow motion y demás parafernalia técnica.

Las opiniones pueden ser diversas en cuanto a su expresión violenta y su limitación espiritual, pero lo que está claro es que el film resulta muy intenso y personal, interpretación particular de unos hechos realizada por un autor creyente que intenta dotar a los mismos de un agudo énfasis emocional, traspasable a todo tipo de fauna: practicantes, menos practicantes, nada practicantes, agnósticos o ateos.

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Mel Gibson

Jim Caviezel

Monica Bellucci

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Se ha dicho mucho de “La Pasión de Cristo”, incluso demasiado, y no ha faltado quién, desde las altas cumbres del periodismo cinematográfico, ha proclamado que se trata de la obra definitiva sobre la pasión, una obra maestra y un hito del cine bíblico. Debo decir que no estoy, en absoluto, de acuerdo con esas opiniones, aunque problabemente pueda coincidir en la maestria mostrada en ciertos detalles.

Pero vamos por partes. En primer lugar, “La Pasión” de Mel Gibson no es original, no sólo por basarse en una historia archiconocida y llevada a la gran pantalla centenares, si no miles, de veces – y con mejor resultado – sino porque su visión del tema es plenamente convencional, muy alejada de la desmitificadora “La última tentación de Cristo” de Martin Scorsese, o de la divertidísima “La vida de Brian” de los Monty Python. En segundo lugar, no se trata de una adaptación a rajatabla de los evangelios, como algunos han pretendido, ya que da una especial relevancia a ciertos detalles que no existen en estos textos o cambia el orden de las escenas que se muestran en los escritos bíblicos –como en el caso del juego de dados – o incluso deja sin entidad a personajes de la más alta importancia en la historia, como José de Arimatea – ese judío que dice que lo que está pasando es una injusticia y luego desaparece para siempre de la pantalla sin dejar rastro – que fue quien cedió su tumba al crucificado. Tercero, es historicamente incorrecta en, al menos, dos detalles: el retrato de Barrabás – al que se pinta en el film como a una especie de retrasedo mental, cuando en realidad se le supone un prisionero político importante – yla presencia de mujeres en el interior del templo, donde no podían acceder bajo ningún concepto y menos aún en medio de una reunión del Sanedrín. En cuarto lugar, ya que Mel Gibson tenia la idea de rodar una película sobre hechos reales en la lengua – o mejor dicho, las lenguas – en que se expresaban sus protagonistas, tenía que tener en cuenta varios detalles. Por una parte, que es improbable, yo diría que incluso imposible, que Jesús de Nazaret, hijo de una judía analfabeta llamada María e hijo putativo de un pobre carpintero, supiera hablar latín habiendo asistido sólo a la escuela de la sinagoga, donde esa lengua no se enseñaba. Dónde la había aprendido? Sería más normal suponer que, al igual que con los miembros del Sanedrín, mucho más instruidos que el hijo de un trabajador, Poncio Pilatos debía comunicarse con Jesús en arameo. Y, por otra parte, si se pretende que los personajes hablen latín, debería enseñar a los actores a pronunciar esa lengua como si fueran patricios o soldados romanos, en lugar de pretender que el latín se pronuncie como el italiano actual, como al parecer cree el equipo de esta película. En verdad no entiendo como los eclesiásticos que la vieron antes de su estreno no se dieron cuenta de la pésima pronunciación de las sílabas ce y ci de las palabras latinas, más aún cuando yo detecté ese defecto de pronunciación con los tres años de estudio de latín de bachillerato. Puede ser que los largos años transcurridos desde que el Concilio Vaticano II permitiera que las misas se hicieran en la lengua de cada estado hayan conllevado que las altas jerarquías eclesiásticas descuidaran el estudio de la lengua latina? Y finalmente, aunque no en importancia, quinto: “La Pasión de Cristo” es una película lenta, aburrida – con sólo decir que en el cine, que ni siquiera estaba lleno, había más ojos dirijidos a los respectivos relojes que a la pantalla está dicho todo – y grandilocuente, que no grande, a la vez que nada impresionante y mucho menos emocionante, lo que me llega a creer que Mel Gibson está perdiendo la mesura de lo que es necesario. Para mostrar a qué me refiero, un solo dato basta: en Braveheart, la tortura final del héroe duraba unos seis o siete minutos, casi no se veía la sangre y en algunos momentos ni siquiera había gritos, pero resultava altamente emotiva, mientras que en “La Pasión”, con un Cristo doliente pintado de rojo que me recuerda, sin que pueda hacer nada para evitarlo, a esa mujer empalada de “Holocausto Caníbal” antes de ser devorada por una tribu de salvajes, no arranca lágrimas, sino bostezos.

Desgraciadamente, y a pesar de la magnífica fotografia, de un fondo musical discreto y que emmarca excelentemente las escenas y de la magnífica elección de escenarios – aprovechando los marcos naturales escogidos con anterioridad por Pier-Paolo Passolini para su “Evangelio según San Mateo” -, a pesar de una María ( Maia Morgenstern) que encarna con gran realismo el dolor de una madre ante la muerte de su hijo, y a pesar también de unas secuencias iniciales inquietantes y prometedoras, el film va perdiendo interés a partir de la muerte de Judas – un Luca Lionello que se constituye en la verdadera revelación interpretativa de esta película – para convertirse en un producto convencional y nada interesante que no recoge en absoluto la grandiosidad de otros Cristos fílmicos anteriores y en el cual el mensaje, ya sea filosófico o religioso, queda diluido en un mar de sangre más propio del gore que de un film pretendidamente realista al que ni siquiera ciertas referencias pseudointelectuales – léase la imitación fílmica de escenas pictóricas, especialmente la referente al Descendimiento de la Cruz de Roger van der Veyden – pueden convertir en algo más que un film mediocre encumbrado por la polémica. Eva Pesquera

Hay algo que no se le puede negar a esta película. Y es que derrocha calidad cinematográfica por los cuatro costados. Basta con fijarse en su muy cuidada y bien hecha realización, en la excelente fotografía, en la vibrante banda sonora, o en los muy buenos trabajos de ambientación, vestuario, maquillaje y montaje.

Hasta ahí todo en orden. El problema es la historia. Mejor dicho, más que la historia es la forma en que esta está contada: la muy criticada violencia extrema y el tratamiento hacia el pueblo judío. Respecto a lo segundo, es posible que Gibson se haya excedido al tener siempre presentes a los sumos sacerdotes en todas las torturas, y que parezca que incluso llegan a disfrutar con ello. Pero se nota que la intención del director no es ofender a nadie, y menos siendo fiel a las escrituras en las que se basa.

Respecto a lo primero, el problema es otro: en antiguas versiones de la pasión no había tanta violencia, ni tanta paliza, ni tanta sangre. Pero los tiempos cambian, y hoy en día una pasión light como la que ofrecieron antaño Zeffirelli en “Jesús de Nazaret” o George Stevens en “La historia más grande jamás contada” hubiera pasado desapercibida como una simple versión más. Y Gibson no quería hacer una versión más, sino una visión distinta a las que hasta ahora habíamos visto ( que son muchas y de todo tipo ). Por eso ha tratado el tema con tanto hiperrealismo y tanta violencia, que además no es gratuita, ni excesiva, si tenemos en cuenta la cita de Isaías en la que se basa la película, pues posiblemente la historia real no fuera muy distinta a la mistrada en el film.

¿Qué se le puede achacar entonces? Que tiene muchos excesos, como el tratamiento a los soldados romanos, a los personajes de Judas y Barrabás; y sobre todo el abuso de planos ralentizados que a veces resultan pesados. También se ha excedido en la escena de la flagelación, que se podría haber recortado para bien del público, y se podría haber suprmido alguna de las múltiples caídas (más de tres) de la ascensión al calvario.

Pero al margen de todo esto, y dejando también al magen los ya mencionados apartados técnicos; la película también tiene a su favor unas muy buenas actuaciones (sobre todo la de Maia Morgenstern) y muchas imágenes ( como la gota caída del cielo ) que demuestran que más allá de sus defectos, esta es en realidad una película de calidad.Miguel Ángel Galán

La pregunta es bien sencilla, ¿porqué es “La pasión de Cristo” una película

mediocre?; vayamos por partes. En lo que se refiere al aspecto

estrictamente formal, la película cuenta con una estimable fotografía

basada en las pinturas tenebristas de Caravaggio, el halo siniestro que se

palpa en determinadas secuencias, tales como el enjuiciamiento del

Sanedrín, los momentos de incertidumbre en el pretorio y muy

especialmente, el prometedor inicio en el Monte de los olivos, merecen ser

alabadas por su magnífico tratamiento visual. Una vez destacadas las

virtudes del filme, pocas la verdad, el resto de la proyección nos ofrece

una visión desproporcionada, manipuladora, sádica, maniqueísta y

fundamentalista de los evangelios, todo ello envuelto bajo una monótona

banda sonora y un tedioso tempo narrativo. Sin lugar a dudas, uno de los

aspectos más detestables de la película de Gibson, es el referente a las

torturas y a los maltratos de los que somos testigo. Tras la orden de

flagelación por parte de Pilatos, el director de “Braveheart” nos somete a

una sesión de ultraviolencia gratuita mas próxima al gore o la ciencia-

ficción que a una interpretación objetiva de los evangelios, todo ello

salpicado con la malsana utilización de la slow-motion que incluso por

momentos, dota a la película de un insoportable efecto videoclipero. A

partir de aquí, se nos ofrece el eterno calvario de Cristo portando la cruz,

que sólo se salva del ostracismo, gracias a la aparición, tanto de la madre

como de María Magdalena, en otra de las secuencias más destacables del

filme. A la procesión también le sigue de cerca la figura del diablo, una

figura que nos recuerda de manera flagrante a la muerte de “El séptimo

sello”, hecho extraño dado el antagonismo religioso entre esta película y la

del genial director sueco Ingmar Bergman. Definitivamente, asistimos al

momento de la crucifixión, en el que Gibson vuelve a dar muestras de un

desmesurado e injustificable sadismo. La película concluye con la

resurrección de Cristo, pero el director se centra poco en este hecho, su

misión ya estaba cumplida con creces, ya todos hemos podido ver como

Cristo fue salvajemente castigado, como murió por nosotros, y por

consiguiente, lo culpables que todos deberíamos sentirnos. La cinta de Mel

Gibson es un producto mitificador y dogmático, en el que se vislumbra una

obstinada voluntad de pasar factura a la humanidad amparado en la

ceguera de la iluminación divina.

Anxo Suárez

Una vuelta de tuerca más. No, no es una versión del intrigante relato de Henry James (véase la loable “El Celo”) sino la nueva y extraordinaria aproximación efectuada por el actor-realizador norteamericano al mito universal representado por la leyenda cristológica, más exactamente el penoso transcurrir de las últimas horas de Cristo antes de ser crucificado, muerto y sepultado bajo el yugo de la intolerancia religiosa y el peso del más puro interés político.

Gibson opta desde el principio por un realismo un tanto descarnado y lo sazona hábilmente con ciertos elementos simbólicos que remiten indirectamente al incomparable “sello” bergmaniano. Pero va más allá dentro de su propia asimilación artística y al poco lo encontramos instalado de pleno en una acepción barroca de la secuencia filmada con influencias detectables del maestro Caravaggio en toda la unidad compositiva de las imágenes: frente a la evidente fragmentación manierista presente en el “Lacoonte” de El Greco, la transversalidad sutil en la “Crucifixión de San Pedro” del maestro lombardo.

La lectura oblicua o diagonal del mito comienza con un Jesús sonámbulo atrapado en la red inextricable de su deseo-destino y poco a poco, deslizándose como una voluntad pulsional y censoria, compartimentada en cangilones de amor-odio, nacida a la par de una condición visionaria y lumpen, e investida de un poder de avulsión único en la historia así narrada, se va perfilando una parábola de turbadora belleza que Gibson agita con un pulso espiritual bien reconocible, y cuyo más hondo pálpito podríamos cifrar en un profundo movimiento de estremecedoras imágenes y casi cruenta sensibilidad. De este modo la estética fílmica queda graníticamente fusionada con un discurso ético, el del personaje sufriente y redentor, proporcionando para ello la manipulación de una Luz estremecedora que penetra en la obra y se plasma en el logro de bellísimos efectos escultóricos localizables en determinados y prodigiosos planos. En este sentido, y sirva este apunte como excepción confirmadora de la regla que venimos sosteniendo, Gibson se aproximaría menos a Caravaggio y más al trabajo lumínico efectuado por Rembrandt, utilizando planos de claroscuro con una luz más natural en cierto sentido, pero siempre más envolvente, más matizada y sin la acentuación focalizada propia de contrastes más tenebristas entre luces y sombras. Pero ese perfecto trabajo artístico continúa indudablemente al servicio de las coordenadas de expresividad barroca a que antes nos referíamos.

El enfoque adoptado es de un apabullante patetismo trágico, y el objetivo perseguido no es otro que conmover al creyente hasta los tuétanos, remover los intestinos de su aletargada fe y conseguir finalmente con ello movilizar sus sentimientos de adhesión fervorosa a través de una identificación extrema. Así el realismo más crudo y desagradable puede quedar integrado en el espacio fílmico (léase además filmopictórico) y lo más sórdido alcanzar categoría de representación estética. Es en esta dirección que nos es permitido fantasear con algunas santas figuras pintadas por José de Ribera superpuestas al Cristo machacado que el espectador perplejo contempla, conectando a ese imaginario del dolor una penalidad lanzada más allá de lo humanamente soportable, operándose así una conversión casi eucarística de carácter reversible entre la inmolación autoimpuesta y la salvación profética extensible al género humano. El precepto barroco se cumple en toda su amplitud al desprender esta lectura un mensaje claro, diáfano, bien perfilado y asequible en su humana sencillez. Simple y llanamente “nos llega”. El vía crucis se completa a través de una ortodoxia conceptual que tampoco es óbice para que Gibson la salpique en momentos puntuales con hallazgos metafóricos de su propia cosecha, utilizando para ello una elaboración simbólica inscrita directamente en lo que podríamos denominar “leyenda visual del mito” que, entendámoslo bien, no significa innovación de contenido o planteamiento crítico: nada más lejos de las auténticas intenciones canónicas de la cinta. Lo que aquí se juega es una sacralidad cuyas raíces se hunden en la piedad desnuda y asentada con firmeza de roca en una esperanza de resurrección final.

Se trata pues de una espiritualidad situada al borde del precipicio de la razón y que halla precisamente justificación y consuelo en el indescifrable misterio tautológico que la alimenta. He ahí la fe surgida del sacrificio ciego, del martirio asumido como necesario, de la masoquista belleza de un cuerpo invadido por un poder devastador: un sentimiento apegado a una iconografía susceptible de ser bailada a lomos de una humanidad doliente y embriagada de esa emoción visceral. El sonido de esta desgarrada danza de pasión, apasionada, bien podría ser la del compositor germano del XVII Dietrich Buxtehude, que vuelca en una de sus cantatas estos hermosos versos de la “Rhythmica Oratio” de Arnulph Von Löwen compuestos en torno a 1200-1250:

Clavus pedum, plagas duras / Et tam graves impressuras / Circumpector cum affectu / Tuo pavens in aspectu / Tuorum menor vulnerum.

[Los clavos de los pies, las llagas endurecidas / y tan profundas señales / abrazo con aflicción. / Horrorizado en tu visión / recuerdo tus heridas.]

Ese es el gran triunfo de Mel Gibson, haber conquistado los resortes históricos y míticos de una memoria que absorbe y actualiza sus producciones del Calvario a través de la repetición periódica de una catarsis liberadora, la misma que procura (viene de y sirve para) el sacrificio por y para los demás. Un retablo magistral que añadir a la vasta e inabarcable producción creativa del Verbo encarnado en puro arte figurador del tormento.Adrián Martínez Buleo

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